Las lágrimas de Rubalcaba ¿son de mujer?

 

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El secretario general del PSOE acababa de conocer la muerte de la hermana de uno de sus más íntimos amigos, Jaime Lissavetzky, sus ojos se llenaron de lágrimas y abandono el Congreso de los Diputados. Los expertos llaman a este llanto “lágrimas emocionales”, y sí, son más habituales resbalando por la mejilla de una mujer. Pero hay una razón biológica por la que Rubalcaba no tenía ayer activos —o no tiene ya—  todos los escudos anti-llanto que merman el caudal de lágrimas en los hombres. No entro en las razones culturales, que conocemos todos, el perverso “los niños no lloran” y demás cantinelas. Me interesa hurgar entre las neuronas de un mandatario político para explicar qué hizo que ayer miércoles, un día cualquiera, no pudiera contener la emoción. 

Llorar lo hacemos todos. Lloró Cristina Fernández de Kirchner cuando la invistieron presidenta de Argentina, y Lady Gaga, la frívola mutante que lleva vestidos de filetes lloró el día en que sus fans le regalaron una canción de cumpleaños. De entre todas las lágrimas populares, mis favoritas son las de la ministra italiana de Trabajo, Elsa Fornero. Era el momento de anunciar el demoledor plan de ajustes que vivió Italia. En la rueda de prensa, Fornero tenía que explicar la reforma de las pensiones, la más polémica del decreto del Gobierno de Monti. Y no pudo terminar esa frase que suponía la guillotina económica para los más frágiles.

La ministra italiana no lloró porque las mujeres seamos más débiles, ni porque nos eduquen en almíbar. Hombres y mujeres lloramos la misma cantidad y calidad de lágrimas hasta que irrumpe la adolescencia. La Sociedad Alemana de Oftalmología hizo un estudio sobre las lágrimas y estableció a los 13 años la frontera de las diferencias. La conclusión del estudio fue que nosotras, las homínidas, lloramos cuatro veces más que los hombres, durante periodos más largos (un promedio de 6 minutos, los hombres, 4), y de forma más dramática. Según los oftalmólogos alemanes, las mujeres, ministras o no, lloramos entre 30 y 64 veces al año. Los hombres, cuatro veces menos. Y aquí viene el porqué…

Lo que ocurre cuando llega la adolescencia, alrededor de los 13 años es, básicamente, una eficaz estrategia biológica: llega la hora de que el cuerpo se prepare para reproducirse, y esto tiene efectos colaterales, entre ellos las propensión al llanto.  Son varias las hormonas que participan en el proyecto bebé. Pero hay una que, además, empuja las lágrimas de la ministra Fornero, y las nuestras.

En un estudio ya clásico, el doctor William Fey, un investigador del Centro Médico de Ramsey en Minneapolis, observó lágrimas al microscopio y las descompuso. Fey encontró que las reflejas (reflex tears) están compuestas principalmente de agua (98%), mientras que las emocionales contienen en abundancia una de las llamadas hormonas estresantes: la prolactina.

La prolactina,  y aquí el cruce con el embarazo, es la que estimula en la mujer la formación de calostro y caseína, componentes principales de la leche con la que amamantamos a nuestros hijos. La cantidad de prolactina aumenta y se dispara con el embarazo, casi en la misma medida en la que las embarazadas se preguntan por qué están tan sensibles y lloran océanos por casi cualquier cosa.  La prolactina  inunda áreas de nuestro cerebro que tienen mucho que ver con las emociones, entre ellas, la de comunión con el bebé al que nutrimos. El efecto colateral de la prolactina es esa “sensibilidad” incontenible, la congoja, el llanto hondo que nos asalta con más frecuencia que a los hombres.

Hay otro curioso efecto secundario que acaban de encontrar en nuestras lágrimas. Según una investigación realizada en Israel por el doctor Shani Gelstein, su composición produce señales químicas que pueden detectarse por el olfato y que inducen una reducción en los niveles de testosterona de los hombres. Resumo: cuando la mujer llora, la excitación de los hombres decae, y se ablandan. Eso hace que, en un mal momento, él se acerque y te abrace.

La cantidad de prolactina, a partir de la adolescencia, es siempre superior en mujeres que en hombres. Cristina Fernández de Kirchner, Lady Gaga y la ministra Fornero sucumbieron al influjo de esta hormona de doble filo ante las cámaras de medio mundo. Pero ¿qué es entonces lo que le ocurre a Rubalcaba? Veamos qué son esos escudos anti-llanto que le fallaron ayer.

Al hablar de varones siempre resplandece una hormona, popular y generosa en el cerebro masculino, la testosterona. Las investigaciones indican que la testosterona dificulta el camino entre el estímulo emocional y el llanto. Es el freno biológico, el “los niños no lloran” de la química cerebral. Pone barreras al circuito neurológico que acaba manifestándose en un puchero. Un profesor de psicología clínica de la Universidad de Tilburg, líder de un estudio en 37 ciudades comparando diferentes ratios de llanto entre hombres y mujeres, es quien finalmente me ofrece la respuesta a las lágrimas de Rubalcaba, respuesta a la que seguramente más de uno ya habéis llegado: “Los hombres cuando se hacen mayores lloran más, y más frecuentemente por razones altruistas, morales o emocionales”. Y añade el Dr. Vingerhoets: “Cuando los hombres se hacen mayores, la testosterona desciende…”. Y es entonces cuando el escudo protector se debilita y las lágrimas fluyen sin decoro.

Hay otras razones para el llanto de los hombres. No puedo evitar caer en la tentación de recordar la explicación a las públicas lágrimas del fornido, aventurero, submarinista, cazador y súper “zar” Vladimir Putin. Los rusos (y yo) se quedaron estupefactos por su llanto tras confirmarse su reelección a la Presidencia del país. Lloró, y eran lágrimas rotundas, grandes y resplandecientes a la luz de las cámaras de los fotógrafos. ¿Cómo era posible que Putin se emocionara?  En la Asociación Europea de Cirujanos Plásticos fueron tajantes: «Esas lágrimas son fruto de una cirugía estética». Una consecuencia imprevista de estirarse en exceso los párpados.

 

Las lágrimas de Beba

Las lágrimas salidas de los ojos
de Beba cantaré, su tibia fuente.
Lejos de su caudal, no existe nada.
Lavan el mundo, sirven de alimento,
conocen el secreto de las cosas.
Son el desmayo firme, la caída
que asciende, la ternura de la fuerza.
Son lágrimas que igualan los abismos,
ahuyentan las espinas y hacen sangre.
Son las perlas más tristes que conozco.

Luis Alberto de Cuenca.

 

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