Archivo por meses: Octubre 2013

Las mujeres pudieron pintar Altamira

Ilustración de Arturo Asensio http://www.arturoasensio.es/contenidos/contenidos.html

Ilustración de Arturo Asensio http://www.arturoasensio.es/contenidos/contenidos.html

Pudo ser una mujer, seguramente muchas. “Es posible…”, me dice el director del Museo de Altamira, José Antonio Lasheras en una interesantísima conversación sobre Paleolítico y añade: “pero también lo contrario”. En cuclillas, bajo la cúpula de roca, con poca luz y escrupuloso mimo, trazaron bisontes y ciervos heridos hasta realizar la pintura rupestre más evolucionada que se conoce: los Policromos de Altamira.

La razón por la que hablo de mujeres con Lasheras tiene que ver con un estudio reciente. Un arqueólogo, Dean Snow, ha analizado las huellas de manos encontradas en ocho cuevas de Francia y España. Y ha descubierto que el 75% son femeninas.

Snow basó su estudio en el trabajo del biólogo británico John Manning, que reveló que la longitud relativa de los dedos de las manos es diferente en hombres y mujeres: las homínidas solemos tener los dedos anular e índice de aproximadamente la misma longitud, mientras que el anular de los hombres suele ser más largo.

Un día, Snow se fijó en una huella humana de la famosa cueva de Pech Merle, en el sur de Francia. “Pensé ‘madre mía, si Manning tiene razón, casi seguro que esto es una mano de mujer”. Y comenzó su estudio de huellas. Hay que destacar que en la mayoría de las cuevas con arte no hay manos; y que cuando las hay se corresponden en general a un periodo intermedio, el gravetiense, y la mayor parte del arte es posterior a ese periodo. Pero las huellas que investigó Snow son mayoritariamente de mujer.

Lasheras avanza. “No creo que haya ningún artículo dedicado a negar que las mujeres fueran autoras del arte rupestre paleolítico, ni tampoco ninguno afirmándolo. Tampoco recuerdo nada escrito que atribuya el arte en exclusiva a los hombres. Pero, —y aquí es donde Lasheras dispara— salvo la ilustración que has elegido para tu artículo (ver arriba) muy reciente, no recuerdo ninguna en la que el autor del arte paleolítico sea una mujer, y esto es lo significativo y la consecuencia de un actitud sesgada, discriminatoria y acientífica respecto a la mujer, como si fuera una verdad evidente e incuestionable que el arte paleolítico fuera “cosa de hombres”, como el  Soberano“.

Sonrío, porque no creo —Lasheras tampoco—que haya nada que pueda considerarse solo de hombres o solo de mujeres, ni el coñac, ni los bisontes.

Pero el sesgo de género al contar la prehistoria no solo resalta cuando aprendemos arte. Los divulgadores crearon al “Hombre de las cavernas”, y presentaron a una mujer relegada a funciones que en el S.XX se tildaron de segundo orden: cuidar de las crías y hacer la comida. Y no. Las paleolíticas no se quedaban en la cueva esperando la caza.

“Hace 15 años cuando concebimos los conceptos de la exposición del Museo de Altamira, compramos muchos libros de texto, escolares, de divulgación etc. y constatamos que la mujer apenas existía al contar la prehistoria. No se mostraba y, cuando lo hacían, se las veía, por ejemplo, aplaudiendo la llegada de los heroicos cazadores cargados de animales, o cocinando, o cosiendo, o jugando con un niño pequeño. Al mostrar que las mujeres del paleolítico solo hacían eso, cuando no hay ningún dato que lo demuestre, crearon la falsa idea de que era así”.

Pero las paleolíticas hacían de todo. “Al observar a las comunidades de cazadores-recolectores en el Amazonas, el Chaco, tierras altas de Papúa Nueva Guinea etc. vemos que su aportación a la dieta es más importante que la del hombre, porque es constante. La recolección de frutos y pequeños animales es diaria, mientras que la caza de un gran animal ocurre solo de vez en cuando. Pero, además, en selvas centro africanas y orientales, la caza y pesca son actividad en grupo, con redes y venenos, en las que participan igualmente hombres y mujeres. Así pues no hay razón para pensar que las mujeres del paleolítico no lo hicieran”.

Hay otras erratas de género en nuestra idea de prehistoria. Por ejemplo, que las mujeres no mandaban. Lasheras decidió corregirlo: “En el Museo de Altamira creamos una figura de una anciana neandertal con muchas marcas de expresión en torno a los ojos. Está sentada en el suelo, y levanta el dedo a un hombre joven que se encoge de hombros y se disculpa. No damos explicación a la imagen, sencillamente recreamos la opción de una mujer que advierte a un hombre, y él pide disculpas. En el paleolítico las mujeres daban órdenes, pueden darlas y deben darlas. Entonces, como hoy, ordenaban y regían el comportamiento y las relaciones interpersonales de la comunidad”.

Hay otro mito del que me encantará tratar en otra ocasión, y es el de la representación de la familia como un hombre, una mujer y los hijos. “La monogamia tampoco fue entonces una condición única, como no lo es ahora”.

Artistas, cazadoras, líderes, mono o polígamas, también madres, por supuesto, y cocineras… Las paleolíticas no eran diferentes a nosotras.

Queda algo que Lasheras destaca, y es importante. Él lo llama “actualismo” y tiene que ver con que a veces se atribuye al pasado características sesgadas, de género en este caso. Se genera así un pasado falso y la ponzoña está en que a partir de ahí se utiliza para justificar el presente. La idea de “la mujer en casa, con la pata quebrada” no tiene justificación ancestral. Por más que algunos aún lo intenten.

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¿Caminas como un hombre?

Escultura de Tom Corbin. Woman Walking Tall

 

Me coloco delante de un espejo y avanzo rápido. Parece que voy a cazar un mamut.

—”Caminas como un hombre”
—“¿Como un hombre?”, pregunto. “Y ¿cómo caminan las mujeres?”.
Él sonríe y susurra un verso de Carranza (el colombiano). “Tú, mi amor, que caminas como un beso, andando vas por entre mis palabras”.

Desde que mantuve esa conversación, me fijo en las mujeres cuando caminan y descubro que unas se cimbrean y otras no. Busco razones  y me encuentro con una pieza anatómica que algunas homínidas manejan como peonzas, y otras ni sospechan que se mueve: la cadera, claro.

Este vídeo, de un importante centro que estudia locomoción, muestra  los andares de mujeres y hombres.  Es realmente curioso.

Los de Biomotionlab, que estudian el movimiento humano, establecen estas diferencias chico/chica al caminar:

  • Los hombres que tienen un paso marcadamente más masculino son los que tienen los hombros más anchos en relación a las caderas. En las mujeres, justo al revés. Las que caminan con ligereza son las que tienen las caderas más grandes en relación con los hombros.
  • Los hombres realizan al caminar un balanceo lateral del cuerpo, las mujeres no.
  • La cadera en el hombre se mueve arriba y abajo, y las piernas van más separadas. En la mujer, la cadera se balancea y las piernas se juntan.
  • La posición de los codos se acerca o aleja si eres hombre o mujer. Los hombres tienden a separar los codos del cuerpo, mientras que las mujeres los acercan. En general, el hombre ocupa mucho más espacio al caminar.

El fémur y los bebés
En la pubertada, la pelvis femenina sufre una interesante metamorfosis encaminada a que el bebé se abra paso cuando nace. La cadera se ensancha y el pubis se dilata y se comba. Esto hace que los fémures de chica se arqueen, y dicen los fisiólogos que esta posición exige un movimiento ondulatorio al caminar. Yo debo tener el fémur anclado.

La pelvis sexy

La siguiente explicación al campaneo femenino es antropológica. La mujer, dicen, mueve la cadera al caminar porque resulta atractivo sexualmente. El movimiento pélvico recuerda a los realizados durante la copula para acompasar ritmos con el hombre. Y de ahí que ver a una mujer mover la pelvis arriba y abajo, despierte la llamada de la selva. Interesante este vídeo con “robots” de lata.

Andar como sirenas
Pero tengo que decir que he encontrado una buena razón para hacer un curso de hip-hop, aunque tiene que ver con las ballenas, que me encantan. Las primeras ballenas tenían cuatro patas, y no se sabía muy bien cómo aprendieron a nadar. El fósil más completo descrito es de una especie llamada Georgiacetus vogtlensis. Tenía unas extremidades traseras muy largas que empleaba para propulsarse. Y está es la clave descubierta: ondular el cuerpo en la región de la cadera fue el factor decisivo en la evolución de la especie para poder nadar. Definitivo. Me apunto al hip-hop: mover las caderas para una homínida —permítanme fantasear—es una huella ancestral, el recuerdo de un tiempo en que fuimos sirenas.

Esta es una Georgiacetus vogtlensis.

764px-Georgiacetus_BW

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¿Cómo sabes que te quieren?

Minion claramente enamorado

Minion claramente enamorado

Hay quien dice que el amor se nota, y que con eso basta. Pero podríamos comprobarlo científicamente. Necesitas ponerle –al que desayuna contigo— unos electrodos en el cráneo, y tener un sofware en el ordenador que permita hacer una resonancia magnética cerebral .  Fíjate si, cuando te mira, se activa el área ventral tegmental del mesencéfalo. ¡Chupao!.

Esa zona del cerebro caracolea en los enamorados, o al menos es lo que encontraron en un estudio neuroquímicos de la Universidad de Stony Brook, Nueva York. Investigaron parejas que llevaban casadas un promedio de 21,4 años —superhéroes—, y  concluyeron que “el amor eterno es posible” y que el mesoencéfalo lo deja claro.

Si no tienes un escáner cerebral a mano, y sí un laboratorio en la cocina, puedes sacar una muestra de sangre (en un descuido) y hacerle un análisis hormonal para medir sus niveles de dopamina y oxitocina mientras se relame después del cruasán.

Según la hormona que titile habrá una emoción u otra. Si hay sobras de dopamina, es que más o menos te ve como una onza de chocolate (deseo y atracción). Si lo que abunda es la oxitocina, ¡eso es amor!

La oxitocina es la “hormona monógama”, la que los expertos vinculan con las ganas de “estrechar lazos” con el otro. Y ¡ojo!, si hay vasopresina desatada, ve buscando ramas para un nido.

Esta prueba, también científica, es más fácil. Mira si tiene las pupilas dilatadas, si su frecuencia cardiaca aumenta cuando te mira, si come poco y, muy importante, si disminuyen sus contracciones estomacales, vamos, si hace mal la digestión. Todo ello, aunque parezca que está enfermo, son síntoma físicos del amor, emoción que altera el sistema simpático y, a partir de ahí, lo de las pupilas de lobo, el estómago encogido y las malas digestiones.

Lo que no dicen todos estos estudios sobre la biología del amor es que actividad en esas áreas del cerebro, esas hormonas y las contracciones estomacales también se producen si montas en bici o te compras un sombrero. Las mismas valen para casi todo.

Nunca me había hecho antes esta pregunta —¿cómo sé si me quiere?— hasta que he leído la carta de Richard Dawkins, el incisivo etólogo, teórico evolutivo y divulgador británico, a su hija de 15 años, incluida en su libro El capellán del diablo. Dawkins le dice a Juliet que en el amor también hay que actuar con actitud científica, y que no basta con que lo sientas para concluir que es cierto.
Fragmento de la carta:
“…. A veces, la gente dice que hay que creer en las sensaciones internas, porque si no, nunca podrás confiar en cosas como “mi mujer me ama”. Pero éste es un mal argumento. Puedes encontrar abundantes pruebas de que alguien te ama. Si estás con alguien que te quiere, durante todo el día estarás viendo y oyendo pequeños fragmentos de evidencia, que se van sumando. No se trata de una pura sensación interior, como la que los sacerdotes llaman revelación. Hay datos exteriores que confirman la sensación interior: miradas en los ojos, entonaciones cariñosas en la voz, pequeños favores y amabilidades; todo eso es autentica evidencia. A veces, una persona siente una fuerte sensación interior de que alguien la ama sin basarse en ninguna evidencia, y en estos casos lo más probable es que esté completamente equivocada.
Existen personas con una firme convicción interior de que una famosa estrella de cine las ama, aunque en realidad la estrella ni siquiera las conoce. Esta clase de personas tiene la mente enferma. Las sensaciones interiores tienen que estar respaldadas por evidencias; si no, no podemos fiarnos de ellas. Las intuiciones resultan muy útiles en la ciencia, pero sólo para darte ideas que luego hay que poner a prueba buscando evidencias. Un científico puede tener una “corazonada” acerca de una idea que, de momento, sólo “le parece” acertada. En sí misma, ésta no es una buena razón para creer nada; pero sí que puede ser razón suficiente para dedicar algún tiempo a realizar un experimento concreto o buscar pruebas de una manera concreta. Los científicos utilizan constantemente sus sensaciones interiores para sacar ideas; pero estas ideas no valen nada si no se apoyan con evidencias”.

Así pues, según Dawkins, para estar seguro hay que “sumar” —no dice nada de restar— “fragmentos de evidencias ”.

Después de este repaso a los síntomas del amor, esta mañana, en el desayuno, pregunté: “¿Por qué sabes que te quiero?”. Y esta ha sido su respuesta: “ Anda, cómete tú el último cruasán”. ¿Sumo? ¿o resto?

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