Razones por las que un hombre es mejor que el turrón de chocolate

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Si sucede que despiertas de la siesta, y dudas entre ese hombre templado que aún descansa, o el deleite del turrón en tu boca, has de saber que es científicamente recomendable elegir hombre.

Es posible dudar. El turrón no pide nada, puedes comerlo delante de tu madre, y el surtido de la caja incluye variedades con almendra, yema, revestido de chocolate, más o menos dulces… Pero el cuerpo de un hombre ofrece dos metros cuadrados de piel a explorar, llena de surcos, laderas y otros accidentes geográficos; viene sin azúcar y gluten free, su envoltorio es reciclable, y consumirlo no engorda y es gratis. Solo con rozarlo, un hombre es increíblemente beneficioso para el sistema inmune y la sonrisa.

Si el día es frío, y hoy lo es, un hombre te calienta los pies, el turrón no. De su piel más caliente fluye calor hasta que las dos superficies en contacto alcanzan el equilibrio térmico. Como si rescatara a un alpinista al borde de la congelación, la trasferencia de calor hará que en poco tiempo tus pies y manos se templen.

La tarde, hoy, también es larga. Hay tiempo y el cuerpo de un hombre sirve para jugar. El juego es una actividad de ensayo-error. Aprendemos jugando, y, para que juguemos más, la biología cuenta con la estrategia del placer. Un cuerpo humano es de los entretenimientos de adulto más interesantes que existen. Hay más posturas sexuales que piezas de colores en el cubo de Rubik, y cuanto más se practican, más colores encajan.

Ese juego de cama y sofá es mejor que salir a andar, y no hace falta llevar bufanda. Bastan seis minutos, lo que suele durar por término medio jugar al sexo. En esa mini eternidad, más o menos lo que tardan en ponerse al dentes los espaguetis, el gasto energético supone la pérdida de 21 calorías, aproximadamente lo mismo que dedicar esos seis minutos a caminar. No es mucho, pero da para después comerse el turrón sin culpa, y sin pasar frío.

El sexo te vacuna contra la gripe. Entre lo mucho que fluye dentro de ti cuando haces el amor, ocurre que una particular hormona, dehidroepiandrosterona (DHEA), se anima bajo las sábanas. La DHEA no asoma cuando te relames con el turrón, pero sí cuando disfrutas de ese hombre que acaricia. La DHEA, durante el sexo, incrementa hasta en un 30% los niveles de unos anticuerpos que se llaman inmunoglobulinas A. Y tu sistema inmune reverdece. La inmunoglobina A es un antígeno que combate la gripe, así que tenemos a nuestro lado un paisaje templado en 3D y una vacuna natural.

Es más beneficioso que la dieta mediterránea: se acelera el ritmo cardiaco de una forma sana, y mejora el estado general del sistema vascular y las arterias. Un estudio de la Queens University de Belfast mostraba que la práctica sexual de dos o más veces a la semana reduce en un 50% la posibilidad de un ataque al corazón. Además, las heridas —las físicas— cicatrizan mejor y más rápido (según otro estudio de la Ohio State University Medical Center), y mejora la presión arterial diastólica, esto es, el número que aparece abajo cuando se calcula la presión sanguínea, según otro estudio publicado en Annals of Behavioral Medicine.

Y qué decir de lo mucho que gana la sonrisa. Si Google desarrollara unas gafas verdaderamente maravillosas, serían las que nos permitieran vernos por dentro, unas gafas todo lo cool que quieran, con las que pudiéramos observar el río de hormonas que producimos, el enredo de neurotrasmisores activados cada vez que miramos, besamos, tocamos, lamemos o abrazamos el cuerpo de un hombre.

Casi a tientas, los que investigan cerebros hablan a menudo de una hormona, probablemente la más noble, la oxitocina. La producimos de forma natural, unos más, otros menos. Niveles altos de esta hormona están asociados a sufrir menos estrés, a tener menos miedos, a sentirte más unido a los tuyos, incluso a disfrutar de la música y, entre otras muchas bondades, a sentirse enamorado.

Y ahí está. Fuera hace frío, y hay tiempo. Basta con abrazar el cuerpo de un hombre para que los niveles de oxitocina aumenten en tu torrente sanguíneo. Un abrazo es una mina geotérmica. Y si asoma con la primera caricia, brota como un géiser durante el orgasmo.

El turrón, revestido de chocolate, también tiene buenas razones. El chocolate es un placer a mano y es un alimento rico en feniletilamina, que parece suplir con inocencia las carencias naturales de la oxitocina.

¿Pero puede el turrón conseguir la misma sonrisa derivada del disfrute del cuerpo de un hombre? En Escocia, en la Universidad de Edimburgo, han investigado con ratones qué ocurre con la oxitocina tras el orgasmo. A las 48 horas los niveles de esta hormona tesoro permanecen todavía altos, y los ratones se muestran sumamente fieles y unidos como en un vínculo de por vida. Al turrón, sin embargo, le olvidaremos hasta las próximas navidades.

Con mis mejores deseos para 2015 🙂

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