Archivo por meses: abril 2015

La pelea por los embriones de Sofía Vergara. ¿Cómo actúan los jueces tras un divorcio?

 

  Sofia Vergara,   durante el rodaje de una escena de  "Modern Family"

Sofia Vergara, durante el rodaje de una escena de “Modern Family”

 

“Sí, hemos tenido un caso similar al de Sofía Vergara y su ex marido”, me cuentan en el Instituto Madrileño de Infertilidad (IMF). “Un hombre nos pidió por carta destruir los embriones que había congelado con su ex pareja. Nos pusimos en contacto con la mujer. Ella no sabía nada de la intención del hombre. En ningún caso podemos proceder a la eliminación de los embriones si no tenemos el acuerdo de ambos miembros de la pareja. No se destruyeron. Los embriones siguen aquí”.

El relato del IMF es respuesta a mi pregunta sobre el caso de la actriz Sofía Vergara (Modern Family :-). Me refiero al litigio por los embriones que fecundaron y congelaron la actriz y su ex pareja, Nick Loeb.

Nick ha reclamado ante los tribunales los embriones que llevan su material genético y duermen en un letargo indefinido, a -196 º en un tanque de una clínica de fertilización. “Quiero ser padre”, dice Loeb, “Y no quiero que esos embriones se destruyan”. Añade en declaraciones a la revista US Weelky: “Siempre he creído firmemente que la vida empieza en la concepción y que cada embrión es vida en el viaje hacia el nacimiento” .

Sofía Vergara, la otra mitad donante del material genético congelado, dice, sin embargo, que los embriones están bien donde están, en su letargo.

“Es excepcional un caso así”, me dicen en el IMF, pero ocurre. “Cada vez son más las parejas que acuden a clínicas de fertilización para resolver la paternidad, y se prevé que los litigios por el embrión aumenten”.

Sin embargo la ley, a día de hoy, es vaga sobre qué hacer ante un reparto de material genético cuando la pareja se ha roto. Y el destino embrionario queda en manos del sentido común de los jueces.

Es verdad que un embrión no es una lámpara, y que los jueces de hoy no son Salomón, así que, ¿cómo hacemos a la hora de repartirlo?

¿Qué haría un juez español ante un caso así?

En un tribunal, ante las leyes, un embrión es “un proyecto reproductivo”. Así lo nombra Esther Farnós Amorós, profesora de Derecho Civil en la Universidad Popeu Fabra de Barcelona al otro lado del teléfono.

Esther hizo su tesis doctoral sobre el consentimiento a la reproducción asistida, en el cual es esencial el consentimiento informado, un documento que hay que firmar antes de iniciar cualquier tratamiento de reproducción asistida. En ese documento, que se firma antes de que hiberne lo que sea, hay que poner una cruz en las casillas que indican qué se quiere hacer con gametos y embriones si finalmente no los usamos para tener un hijo. Y las opciones son estas:

  • a) La utilización por la propia mujer o, en su caso, su cónyuge femenino.
  • b) La donación con fines reproductivos.
  • c) La donación con fines de investigación.
  • d) El cese de su conservación sin otra utilización (su destrucción).

Me llama la atención la “a)” de la Ley. “Utilización por parte de la mujer…”.

¿Esto significa que la mujer tiene derecho a utilizar el embrión incluso después del divorcio?

“Es muy vago lo que dice la ley de Reproducción Asistida en nuestro país. El artículo 11 de la Ley 14/2006 sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida no se refiere a los casos de ruptura del proyecto parental, habla solo de posibles destinos del embrión cuando éste ya no se precisa para el proyecto parental de la pareja. Literalmente esto podría hacer pensar que da derecho a la mujer cuando la pareja ya no existe, pero dudo que un juez lo aplique de esta manera. Creo que hoy ningún tribunal español permitiría que una vez rota la pareja la mujer pudiera implantarse los embriones creados con esperma de su ex marido”.

¿En ningún caso se contempla su uso por parte del hombre?

“No, en ningún caso se habla de que el hombre pueda usar ese material genético”.

Esther me cuenta que al menos 20 casos similares han llegado ya a tribunales en EE.UU, y asegura que aumentarán, también en nuestro país.

¿Qué han resuelto los jueces por ahora?

“En EE.UU hay una tendencia clara. Ningún juez ha ejecutado un acuerdo que permitiera utilizar a una parte los embriones creados con material del ex durante su relación”.

Recuerdo a Esther el caso de Natalie Evans. Evans quedó estéril en noviembre de 2001, después de que se le extirparan los ovarios a causa de un cáncer. Y reclamó el uso de los embriones que había congelado con su ex pareja. Él se negó.

El caso Evans llegó hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. ¿Cómo se resolvió?

“La ley británica permite a cada parte revocar su consentimiento a la utilización de embriones creados con su material hasta cualquier momento previo a la implantación, y el hombre hizo uso de esta posibilidad. Aunque la mujer estaba en una situación límite, le habían extirpado los óvulos, no podría tener hijos biológicos nunca más. El caso llegó a Estrasburgo, al Tribunal Europeo de Derechos humanos que, en 2006 falló que prevalecía la legislación británica, que permite a cualquier parte revocar su consentimiento en cualquier momento previo a la implantación. En 2007 la Gran Sala confirmó este pronunciamiento”.

¿Qué alegaba el ex marido de Evans?

Lo que alegaba el hombre era: “ No quiero ser forzado a ser papá.” En los casos británicos, Natalie Evans y Lorraine Hadley, ambas señoras sabían que sus ex maridos no querían ser padres. Ellas les dijeron que no iban a pedirles ninguna obligación como padres, pero en la posición de los ex maridos hay algo más más allá de lo legal, y es que no quieren que haya alguien por el mundo con sus genes, que sea hijo suyo. No es solo que no les reclamen nada, es que no quieren tener hijos biológicamente suyos con sus ex esposas”.

¿Y cómo queda la mujer, que ya no puede tener hijos?

“Son casos límite, mujeres que ya no podrán ser madres. Pero son casos ajenos al derecho. No podemos legislar pensando en estos casos. Las leyes son muy generales, es una pena , pero esta mujer debería poder adoptar o prever la situación congelando óvulos antes de la extirpación de sus ovarios o de someterse a tratamientos médicos agresivos que pueden poner en riesgo su capacidad reproductiva en el futuro. Ahora esta última técnica está mucho más avanzada que cuando se planteó el caso Evans. En último término creo que hay que salirse de ese “esencialismo biológico” de “quiero mi hijo genético”, no sé hasta que punto esto debe estar protegido por la ley. Los tribunales americanos a día de hoy están a favor del presunto derecho del hombre a no ser forzado a procrear, este prevalece frente al también presunto derecho de la mujer a ser madre”.

¿Hay alguna excepción que haya favorecido a la mujer?

“Sí, hubo un caso de una mujer argentina en el que los tribunales dieron prevalencia a la mujer y a su derecho a ser madre, pero desconozco si finalmente los embriones acabaron siendo implantados y si nació un niño”.

En el caso de esta mujer argentina, del año 2006, la decisión del tribunal tenía dos argumentos fundamentales: proteger los embriones al otorgarles el status de persona por nacer, y considerar que el hombre aceptó la paternidad biológica desde el momento en que accedió al tratamiento de fertilización asistida.

En su fallo, las juezas Marta del Rosario Mattera y Beatriz Alicia Verón sostuvieron que “para la ley civil argentina se es persona desde la concepción”, a pesar de que en el Código Civil se habla de “concepción en el seno materno”. Las juezas hicieron extensivo ese concepto al “concebido fuera del seno materno”.

¿Y el hombre? ¿Recuerdas algún caso de un hombre que reclamara el uso de embriones congelados?

“Sí, hay algunos casos norteamericanos en que los hombres reclamaban la donación de los embriones a otras parejas o incluso su “custodia”, con el fin de evitar su destrucción. En alguno de estos casos, como el pionero “Davis c. Davis” (Tennessee, 1992), el hombre tenía fuertes convicciones religiosas y la destrucción de los embriones iba absolutamente en contra de su morall”.

Le pregunto a Esther qué opina sobre el caso de Loeb y Sofía Vergara.

“Desde el punto de vista de género, me llamó la atención que fuera él (y no ella) el que pidiera la paternidad. Son pocos, muy pocos, los casos de hombres que reclaman el uso de embriones post ruptura. Normalmente es la mujer quien lo hace. Así que me pareció orginal, porque rompe la idea tradicional de género de que es la mujer la que quiere ser madre a cualquier precio”.

Planteo a Esther si los embriones se consideran en un tribunal algo así como un jarrón.

“Podemos defender que los embriones no son personas pero tampoco son cosas… son una categoría intermedia, por lo que la cuestión de su protección jurídica es ciertamente compleja”.

Derechos: a ser madre, a ser padre, o a no serlo. La moral: ¿qué es lo que está congelado en un tanque? ¿Un grupo de células, un embrión, un proyecto reproductivo, un no nacido? En las Clínica de Reproducción Asistida se almacenan latentes algunas de las grandes polémicas de nuestra sociedad. Pienso que ni el Rey Salomón tendría claro qué es lo justo.

 

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¿De qué se ríen las mujeres?

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Ríe mi amiga Emilia. Se troncha de risa. Algo ha pasado por su cabeza. “Una tontería”, dice. La risa no se pierde en todos cuando nos hacemos mayores. Son cerca de las tres de la madrugada. Varios amigos. Emilia ríe a saltitos. No puede parar. Nos contagia, y saltamos. “Hemos sido instruidos en el lenguaje de los pájarospone en algún lugar del Corán. Se refiere a la poesía y la música. Yo añadiría la risa de Emilia. La carcajada libre es un regalo de los dioses que no existen. Entre las cosas que no hace falta que demuestren los científicos está que la risa activa las áreas cerebrales de la cohesión y el placer. Y que las mujeres reímos como hablan los jilgueros.

“Garbo ríe”

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Filmó 29 películas y se ganó el título de “la mujer que no ríe”. Pero por fin lo hizo en Ninotchka, la peli en la que interpreta a una funcionaria rusa enviada a Francia. El cartel que anunciaba la película llevaba como reclamo esta frase: “Garbo ríe”.

Frida Kahlo y la mujer que no es Chavela

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Es maravillosa esta foto en las que ambas mujeres ríen. Y circula por el mundo como una imagen de Frida y Chavela Vargas. La foto es un mito de internet, y  parte de la coleccion personal del Museo Frida Kahlo.  Quien ríe con Frida es Tina Modotti, una fotógrafa.

Las turcas inmorales

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El ministro turco, Bulent Arinc, soltó una perla durante una entrevista el año pasado: “Una mujer no debe reír a carcajadas en público, debe conservar su castidad”. Miles de mujeres respondieron enviando fotos de sus espléndidas risas inmorales a través de las redes sociales.

 

Derecho al voto

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Mi foto favorita de las sufragistas: Rose Sanderson, al trombón. Era una manifestación en Washington, en 1913.

Así ríe Malala Yousafzai

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La niña/joven amenazada de muerte por los talibanes. Disparada con un fusil, casi muerta. Premio nobel de la Paz. Defensora de la pluma y la escuela. Así ríe de bonito. La foto es de The Guardian.

 

Las súper modelos no enseñan los dientes

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En la pasarela parecen atormentadas. Por eso me encanta esta foto de portada de Vogue Italia de 1993. Están Linda Evangelista, Amber Valletta, Christi Turlington, Naomi Campbell y Shalom Harlow.

 

“Jejeje, my husband”

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La reina Isabel II de Inglaterra, al pasar al lado de su marido, el duque de Edimburgo, uniformado.

 

El fin de una guerra

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El teniente coronel Robert L. Stirm, un ex-prisionero de la guerra de Vietnam, volvía a casa. Las que le reciben con esa sonrisa son sus hijas y su mujer, su familia, que le esperaba en una base aérea de California. Esta imagen se convirtió en un símbolo del final de la guerra de Vietnam.

 

De cine, Sofía Loren

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De cine, Grace Kelly

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De cine, Bette Davis

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De cine, Drew Barrymore

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Y con la risa al aire

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“La primera vez que vi un pene crecer…”. 17 mujeres lo cuentan

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Yeahhhhhh”. Sí, “yeahhhhh”. Eso fue lo que pensó mi amiga Cris la primera vez que vio un pene en erección. Fue un “pene de pueblo”, me dice, del pueblo al que iba de vacaciones en la adolescencia.

Hay penes de ciudad, de barrio, de campo, de playa, de la Unión Europea… “No se olvida la localización del primer pene”, ríe Cris.

Mi primer pene lo llevé en secreto en un libro de anatomía que cogí del Bliblio-bus que paraba en la puerta del colegio. Y era, claro, un pene por dentro, nada que ver con lo que yo buscaba. El primero, real, fue uno de barrio y de primer novio. Primero lo toqué bajo el pantalón y, cuando creció, pensé que me encontraba ante un hecho extraordinario: nada crece tanto solo con mirarlo. Una maravilla de la naturaleza, más que los koalas 🙂

Pasaron muchos años hasta que vi varios al mismo tiempo, y fue en The Pillow Book, una bellísima película de Peter Greenaway en la que se pintan cuerpos desnudos. Ahí descubrí que había más variedades de penes que de yogures, y eso me encantó.

“Cada vez que empiezo con una nueva pareja, “inaugurar” un pene siempre es una sorpresa agradable”, me dice Cris.

He buscado estudios en los que se pregunte a mujeres sobre lo que piensan del pene (no de los grandísimos o los pequeñísimos, que de eso sí hay estudios, sino de penes al uso, centímetro arriba centímetro abajo). Y, lo siento, pero ni Masters y Johnson lo investigaron.

Así que he hecho mi propio (y absolutamente a-científico) estudio preguntando a homínidas cercanas (¡y a mi madre!). Creo que ha salido un buen reflejo de las muchas posibilidades: primeros novios, pelis porno, exhibicionistas, nativos de Papúa (¡¡¡!!!)…. Hay de todo. Esto es lo que me han contestado a la pregunta: ¿Qué pensaste la primera vez que viste un pene en erección?

  • “Pues que no era tan feo como había dicho mi prima”. (María, 35 años)
  • “El primero lo vi en una peli porno, así que cuando lo vi en realidad dije: ¡menos mal, no es tan grande! Luego supe que no era tan duro como parecía, y que tenía muchas venas y cosas raras. Sólo esperaba no tener que hacer lo mismo que en la peli que había visto!!!! Era gracioso y diferente lo de la piel adelante y hacia atrás, estuve con eso un buen rato y parecía que a él no le molestaba” 🙂 Fue una buena experiencia que me gustó muchiiiisiiimo!!!!”. (Olga, 30 años).
  • “La primera vez fue con 14 años y pensé: Vale, esto mola pero ¿de verdad hay que meterlo ahí dentro? ¿cómo? XD (Lidia, 36 años)
  • “En la biblioteca de mi colegio había una vitrina de libros prohibidos que, evidentemente, sufría saqueos sin descanso. En mis manos cayó algo así como un tratado sobre la sexualidad en algunas tribus promiscuas de Papúa Nueva Guinea que supuso una lección magistral sobre anatomía masculina. Lo que en él aprendí me hizo creerme sabia en estas lides, hasta que, unos años después, me di de bruces con la realidad. Sobre papel, había imaginado esos penes erectos inertes, rígidos, fríos, igual que el mármol. Nunca reparé en que, tratándose de una porción de carne, estaría cálido y esponjoso en su extremo más sensible.  Esa primera vez que vi la erección de un chico me asombró también el tamaño (igual fue solo la primera impresión) y el glande tan al descubierto y asomando un poco de secreción. Me pareció desafiante y con vida propia. Retiré la mano de inmediato. Necesité un tiempo para recuperarme del impacto y asumir que durante muchos años había infravalorado su potencia”. (Adela, 39 años).
  • “Era un chico bastante mayor que yo, en su casa. Y me impresionó. Lo había visto en alguna peli, pero flipé con todos los estados de su evolución. ¡En lo que se estaba convirtiendo! Muy placentero”. (Lola, 42 años)
  • “Me enfrentaba por primera vez a una parte del cuerpo del hombre desconocida. El tipo dijo: “¿todo bien?”. Y conteste: “Sí, es muy mono”. “Mono”, llamé al pene de un hombre “mono”. La mirada de horror que puso me hizo no repetir ese adjetivo nunca más”. (Alicia, 39 años)
  • “Después de ver el primero, a los 14 años, me quedé fascinada con los penes. Creo que son ¡tan cool! Crecen, palpintan, y responden a mis caricias”. (Irene, 26).
  • “Me pareció todo muy natural y enseguida me apeteció llevármelo a la boca para aprender a hacer una felación. Yo, siempre, muy práctica y curiosa”. (Andrea, 35 años)
  • “No me impresionó nada, lo vi tan natural y tan parte del cuerpo masculino como un brazo o una pierna. Desde pequeñita ya me había informado de cómo funciona una pene, y del placer que da”. (Maribel, 36 años).
  • “Realmente la primera vez fue en mi más tierna infancia cuando pille a mi hermano y sus amigos viendo porno y “cascándosela”, y lloré, lloré desconsoladamente, creo que porque pensé que mi hermano estaba haciendo algo terrible. Ahora creo que aquella imagen de pubertos desfogándose me causó una sensación poco apetecible de los tíos. Ya se me ha pasado!”. Leticia (28 años). 
  • “El primero que vi estaba desviado hacia un lado. Y me costó un huevo (je) que no me diera la risa floja. Y eso que estaba avisada. El primer pene erecto con el que tuve contacto externo también lo recuerdo bien. Estábamos varios en una habitación helada, durmiendo en el suelo, con sacos de dormir, pero yo solo tenía mantas. Y se me coló uno. Fue una sorpresa muy agradable de tocar. Mucho más grande y suave de lo que yo imaginaba. Y un poco lío de limpiar sin que se enteraran los demás. El pene del de las mantas nunca lo he vuelto a ver, lástima. Me dejó un gran recuerdo”. (Ana, 43 años).
  • “La primera vez que vi un pene erecto, así, de frente y al alcance de mi mano, lo primero que pensé fue: “¡qué grande!” (con el tiempo descubrí que era normalito) y recuerdo también que me gustó… mucho. Automáticamente me sentí mal o rara por ello. Quizá porque había oído decir a otras chicas y a mi madre que el hombre desnudo era más feo que vestido, que “eso colgando entre las piernas les hacía horrorosos”. Sin embargo, yo sentí un punto de admiración-excitación por ese pene. Otro aspecto que me fascinó fue el contraste duro-suave, robusto-sensible… y todavía me sigue fascinando veintitantos años después” (Ana, 40 años).
  • “La primera impresión fue que era un alien en metamorfosis. Y después, me gustó”. (Esther, 29 años)
  • “¡Vaya susto que me di! Muy jovencita, con noviosin experiencia… y ahí estábamos,  en su coche y de repente, lo vi….Pensé: ¡qué grande….no va a caber!, y ese día no probamos si cabía o no…. Pero lo que sí descubrí (y ahí llega mi gran susto) es que si tocabas “escupía”…Mi cara debió ser tremenda, porque al ver mi reacción, lo primero que me dijo preocupado fue: ¿No sabías que esto ocurría? Y conteste: Sí, pero no tipo fuente….no me lo esperaba así…..menos mal que no estaba demasiado cerca. Ese vigor de juventud que tenía mi ex, era muy explosivo…”. (Elisa, 38 años)
  • “Fue antes de tener relaciones sexuales. Tenía 13 o 14 años y estaba en clase de dibujo. Nos habían traído a un modelo desnudo y aquello me cortó bastante. Tanto que en cada boceto evitaba dibujarle el pene. El tipo, tendría unos 18 o 20 años (era estudiante de bellas artes). En algún momento aquello cambió de tamaño. Exactamente al mismo tiempo, mi profesor cogió mi carboncillo de golpe y me gritó: “ESTO TAMBIÉN SE DIBUJA!”. Creo que jamás me he puesto más colorada en mi vida. El tipo estaba para mojar pan, pero un desnudo a pelo a mis 13 años, criada en una familia en la que a mi padre jamás lo vi desnudo, fue impactante. Me pareció descomunal, eso sí!”. (Sara, 44 años)
  • “Pues fue un exhibicionista. He tenido dos exhibicionistas en mi vida. ¡Vaya suerte! Me pareció asqueroso”.  (Pilar, 45 años).
  • “¿Qué pensé? Pues hija, pensé: ¡qué hermosura!”. (Mi madre, 80 años)
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