Archivo por meses: mayo 2015

Primer retrato íntimo de la neurona del placer

Los artistas japoneses Ayako Kanda y Mayuka Hayashi han realizado una serie de íntimos retratos de parejas en Rayos X

Los artistas japoneses Ayako Kanda y Mayuka Hayashi han realizado una serie de íntimos retratos de parejas en Rayos X

El placer, cualquier placer. El del amor, el del sexo, el del sorbo de vino, el del hijo al que amamantas, el de la brisa y el sol, el de la metáfora en un poema, el del gol, el de cantar en la ducha… Elige placer. El que sea, el que quieras repetir. Cualquier placer empieza justo aquí. En esta neurona. Ella se ocupa.

Un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid ha reconstruido por primera vez la anatomía individualizada e íntima de las células que forman el circuito neuronal del placer, y así son. Esta pinta tienen.

Cuerpo de una neurona dopaminérgica de la VTA cuyo axón inerva amplios territorios cerebrales. /Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia, UAM.

Cuerpo de una neurona dopaminérgica de la VTA cuyo axón inerva amplios territorios cerebrales. /Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia, UAM.

Han sacado a la luz (verde) neuronas del Área Tegmental Ventral (VTA), donde se sabe que comienza lo que los expertos llaman “circuito de recompensa”. Está localizado desde que hicieron un curioso experimento con ratas en los años 50. Les ponían electrodos en distintas áreas cerebrales, y las ratas insistían en darle a la palanca que estimulaba este área. Desde entonces se sabe que si buscas placer en un cerebro, hay que mirar el VTA. Y ocurre algo más con el placer, y es que, cuando lo sentimos (la recompensa), buscamos que se repita.

Pregunto por teléfono a Lucía Prensa, una de las responsables del estudio que acaba de publicarse en la revista Frontiers in Neuroanatomy:

-¿Cuántas neuronas del placer tenemos?

-“En humanos son unas 100.000 en el Área Tegmental Ventral”.

-”¡Qué pocas!”, exclamo, prensando que un cerebro al uso cuenta con entre 50 y 100 mil millones de neuronas de todo tipo.

Lucía Prensa puntualiza:

-”Son pocas, pero hemos visto que afectan a gran parte del cerebro. Su axón se extiende y ramifica sobre distancias enormes, de decenas de centímetros en el caso del cerebro humano”.

Cada neurona tiene un cuerpo central como el de la imagen, con unas dendritas, que son como las manos que aportan a la neurona la información que llega de fuera. El cuerpo de la neurona procesa la información del exterior, y, a través del axón, contacta con neuronas de otras estructuras del cerebro para generar una sensación final, en este caso, eso, placer.

Si el sistema en el que participan estas neuronas está en baja forma, entonces es cuando el placer se desboca. Es lo que ocurre cuando se consumen drogas de abuso. Las drogas secuestran estas neuronas, que se activan enormemente, y el adicto muere por buscar una y otra vez su recompensa.

También están bajo mínimo en casos de depresión.

Me cuenta Lucía Prensa que el placer hace que animales y personas sientan algo que quieren repetir:

“Se han hecho estudios sobre el amor apasionado, y se ve que hay amores que son adictivos, y que en esos casos se pone en marcha este mecanismo de recompensa: el amor entonces secuestra estas neuronas, y así se explican obsesiones de algunas personas cuando la relación se ha terminado”.

Y así, con esta imagen, podemos verle la cara por primera vez a la neurona del placer. ¡Qué gran papel!

 

El trabajo, publicado en la revista Frontiers in Neuroanatomy, ha sido liderado por el laboratorio de los profesores Prensa y Clascá. Este laboratorio está aplicando dicha técnica al estudio de varios sistemas clave del cerebro como parte del proyecto multinacional Human Brain Project-EU Flagship, financiado por la Unión Europea a través del programa ‘Horizonte 2020’.
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Así encogen los órganos internos de una mujer durante el embarazo. ¡Ay!

Esta animación duele. La realizó el Museo de Ciencia e Industria de Chicago. Han recreado qué ocurre dentro de una mujer mientras el embrión crece. Se trata de hacer hueco a un cuerpo más grande que un balón de rugby, y que puede llegar a pesar más de 4 kg. en la peor de las circunstancias. Para ser “primera cuna” hay que echar a un lado corazón, hígado, pulmón y estómago. A medida que el embrión toma sitio, la vejiga se aplasta más allá de lo humano (hay que hacer pis a todas horas), los pulmones casi se salen por la garganta y, se comprimen tanto, que cuesta llenarlos de aire, y jadeamos. El estómago se “escurre” entre las costillas, y hacer una digestión es una “ardorosa” tarea llena de reflujos. ¡Y los intestinos! Pues se hacen hueco donde pueden. ¡Ay!

Gif I saw of how women's organs shift during pregnancy - Imgur

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El amor erótico en un bote de bichos

Litografía del artista chino Wu Ming Zhong, para una obra qué tituló ¿cuánto dura el amor.  http://yanggallery.com.sg/artists/wu-ming-zhong

Litografía del artista chino Wu Ming Zhong, para una obra que tituló: ¿Cuánto dura el amor? http://yanggallery.com.sg/artists/wu-ming-zhong

El miércoles voy a entrevistar a Gerald Hüther. Alemán, uno de los 17 sabios que asesoran a Angela Merkel. Le trae a Madrid la Obra Social la Caixa (por si os interesa asistir). Es catedrático en ciencias naturales, doctor en medicina. Ha escrito un libro: La evolución del amor. En él arremete contra los biólogos sociales, cercena con su hacha la era que vivimos en la que prima la competitividad; pone a caldo a los científicos que durante un siglo han apostado por explicar al ser humano, porque dice que las explicaciones biológicas justifican el odio, la ira, el egoísmo que hoy nos mueve…

Gerald Hüther hace esta propuesta: iniciemos un nuevo modelo científico, la biología del amor. Apostemos, propone, por el amor como pegamento que una a la sociedad, y hagámoslo desde la ciencia. Me pregunto si Angela Merkel ha leído el libro de este sabio.

Hay grandes hallazgos en La evolución del amor, editado por Plataforma actual. Entre ellos, una curiosa imagen con la que recrea el amor erótico. Utiliza, como metáfora, un frasco lleno de bichos. Unos se colocan en la parte alta del bote, otros en la parte baja. Unos bichos son hombres (metafóricamente, claro) los otros, mujeres.

Dice Hüther que una de las más tempranas experiencias que tenemos como seres humanos es la de pertenecer al genero masculino o al femenino (algo que no siempre tiene que coincidir con lo que seamos biológicamente). Nos identificamos desde pequeños con ser chica o chico, y adoptamos las formas de pensar y comportarse de ese género elegido con más intensidad que las del otro.

El rol sexual tendrá que ver con la cultura, la región en la que vivimos, la época…. Si viviéramos en el Tíbet (dice Hüther) seríamos mujeres de otro modo, y hombres de otro modo. Y a partir de ahí, crecemos.

En todas las épocas y en todos los lugares de este planeta hay algo que ha sido y será siempre igual: todo ser humano en su proceso de crecimiento siente, intuye o sabe que existen otras experiencias, que solo habría podido tener si hubiera pertenecido al otro sexo.

Las mujeres no conocemos qué es ser hombre. Los hombres no saben qué es ser mujer. Nuestro mundo es solo la mitad del mundo. Y dice Hüther que solo podemos ser conocedores del mundo en su totalidad si nos unimos. Habla de “fusión” de esas experiencias de las que cada uno solo conoce la mitad. Y eso es lo que los antiguos griegos llamaban “amor erótico” (que no tenía por qué surgir forzosamente y de un modo exclusivo entre un hombre y una mujer).

La fusión de dos mundos. Eso es lo que según Huther ocurre en mi cama cuando amo. Y también en el bote de bichos del que os hablé al principio del post.

Experimento para ver en directo el amor erótico.

Esta es la propuesta de Hüther.

  1. Coge un par de hojas de árbol marchitas.
  2. Mételas en un recipiente de agua sin cloro.
  3. Coloca el bote bajo la luz de una lámpara
  4. Prepárate para observar el amor erótico.

De las hojas cuelgan unos organismos unicelulares diminutos y primitivos (Blepharisma spec.), que despertarán de su letargo en el frasco con nutrientes y luz. Empezarán a reproducirse por partición (sin sexo) como lo vienen haciendo desde tiempos inmemoriales. En el bote encuentran alimento de la hoja marchita y descompuesta, y energía en forma de luz, de la lampara.

    1. Pasados tres días vierte el agua con los bichos prehistóricos en otro frasco y lo pones bajo la lámpara.
    2. Ahora que no hay hoja, el alimento será cada vez más escaso.
    3. Los bichos se ponen a nadar, y eligen. Unos se sitúan en el fondo del frasco (donde hay más nutrientes, pero poca luz). Otros se colocan en la superficie del agua (menos nutrientes, más luz).
    4. Abajo, un mundo con mucha comida y poca energía.
    5. Arriba, cerca de la lámpara, un mundo al revés, mucha energía, pero pocos nutrientes.
    6. Y, en el frasco, el agua en el medito es clara y limpia.
    7. Hüther nos pide que imaginemos que en un mundo (bote arriba o bote abajo) crecen hombres y en el otro mujeres.

Hasta que ocurre lo que el sabio llama “milagro”.

      1. Esperamos un tiempo hasta que los alimentos abajo escasean, y la energía arriba no alcanza para todos.
      2. De repente, como si se hubieran encendido una chispa, ambos grupos de organismos empiezan a nadar al encuentro del otro. Arriba y abajo el agua se vuelven clara, y todos se reúnen en el centro.
      3. Los de arriba y los de abajo empiezan a secretar unas sustancias que despiertan la irresistible atracción de los otros. Ambos grupos empiezan a nadar en dirección a ese rastro aromático y terminan encontrándose forzosamente en el centro.
      4. Y entonces ocurre. Se puede ver bajo el microscopio; siempre dos organismos, uno de arriba y el otro de abajo, se unen. Sus membranas celulares chocan y se funden. Surge una abertura. A través de ese orificio se intercambian componentes de su interior y, lo más importante, intercambian su sabiduría: la información contenida en ellos, sus conocimientos, lo que les ha dado la posibilidad de vivir en mundos de arriba o de abajo, tan distintos.
      5. Comparten sus experiencias y, después, se separan. Unos vuelven al mundo de arriba, otros viajan al mundo de abajo. El agua del frasco vuelve a quedar clara en el centro. Pero ahora, los dos grupos se las arreglan mejor aunque haya menos energía arriba y menos nutrientes abajo. Han aprendido de los otros a crecer sin ese recurso.

Y así, con este experimento de bichos prehistóricos en un frasco, este sabio alemán me ha enseñado a amar mejor.

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