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Las catadoras de hombres y el deseo en la mujer

 

Retrato de Paulina realizado por Robert Lefèvre en 1806

Retrato de Pauline realizado por Robert Lefèvre en 1806

Acabo de conocer a Pauline Bonaparte. Ha sido un placer. He conocido antes a otras mujeres escandalosas. Ella fue la favorita entre los hermanos de Napoléon, tenía un sueldazo al mes, era bella, lista y le importaba un bledo que juzgaran su moral. Si ocupa un lugar protagonista, aunque no la mencionan en los libros de texto para niñas y niños, es porque adoraba recibir hombres mientras se bañaba en leche, y por hacer del deseo el único reino que quiso gobernar.

La he descubierto en El reino de este mundo, el libro de Alejo Carpentier que me ha acompañado en un delicioso viaje a Cuba. Carpentier cambia nombres y detalles, pero su libro es una crónica a su estilo, “real maravilloso”. Introduce a Pauline desnuda, echándose agua dulce sobre los hombros, en la cubierta de una fragata que la lleva a La Española, el actual Haití. Es una de las descripciones eróticas más aplaudidas de la literatura, de las pocas en las que es una mujer quien gobierna el deseo:

“Paulina, buena catadora de hombres, sabía que cuando los faroles se mecían en lo alto de los mástiles, en las noches cada vez más estrelladas, centenares de hombres soñaban con ella en los camarotes, castillos y sollados. Por eso era tan aficionada a fingir que meditaba, cada mañana, en la proa de la fragata, junto a la armadura del trinquete, dejándose despeinar por un viento que le pegaba el vestido al cuerpo, revelando la soberbia apostura de sus senos…”.

Un príncipe italiano, el compositor Niccolò Paganini, el actor François-Joseph Talma, el escritor Alejandro Dumas padre, varios esclavos antillanos y algún plebeyo de Córcega se cuentan entre los saboreados por Paulina.Y, cómo no, elegir el placer como menú diario tiene ejércitos de detractores. Ha sido condenadísima en casi cualquier biografía por esa envidiable colección de amantes. Para redimirla, añaden sobre ella que dio a su hermano todas sus joyas cuando las necesitó para rehacer un ejército que ya no había modo de rehacer, y que viajó, dicen, abrazada al féretro de un esposo muerto (tuvo varios), en su regreso a París desde las Antillas. Estos detalles los añade la Historia para salvarla de catar hombres.

¿Quién desea más?

Yo no creo que a Pauline haya que salvarla de nada. Acabo de leer un trabajo reciente publicado en Current Sexual Health Reports.  El estudio lo han llevado a cabo en la Universidad de Queen, una de las más reputadas universidades canadienses. Las autoras lo introducen destacando algo que está en la mente de todos, advierten que la creencia popular es que los hombres experimentan deseo sexual con más frecuencia que las mujeres y añaden que no había evidencia científica sobre esto. Por eso decidieron investigarlo. La conclusión tras su estudio es esta:  “ninguno de los miembros de una pareja tiene mayor deseo sexual que el otro y, por tanto -recalcan las autoras- la creencia de que las mujeres tiene menos deseo debe “descartarse por completo” . La investigación resuelve, además, que la mujer anhela el sexo con la misma intensidad, que piensa en sexo las mismas veces (muchas más de lo que se confiesa, por cierto) y que quisiera llevar la iniciativa si ese comportamiento no fuera mal visto en sociedad.

Pero para desear hay que dejarse hacerlo, quitarse los miedos, o cualquier cosa que estorbe.

 Stanley : -Tengo la camisa pegada al cuerpo. ¿Hay inconveniente en que me ponga cómodo?

Blanche : -Hágalo, por favor.

Con el anterior diálogo de Un Tranvia llamado deseo la camiseta de Marlon Brando se convirtió en  icono universal de lo deseado, desde los tiempos en que el sudor era en blanco y negro hasta hoy.

 

Escena de “Un tranvía llamado deseo”.

Desear es libre. En el reino del deseo, como en el de la imaginación, no hay normas, ni leyes, ni miedos. “Déjameme sueltas las manos.” dice un poema de Neruda.  En La Española, para Pauline Bonaparte, el deseo se adornaba con ramas verdes y cremas de almendra.

“… Solimán además de cuidar de su cuerpo, la frotaba con cremas de almendra, la depilaba y le pulía las uñas de los pies. Cuando se hacía bañar por él, Paulina sentía un placer maligno en rozar, dentro del agua de la piscina, los duros flancos de aquel servidor a quien sabía eternamente atormentado por el deseo, y que la miraba siembre de soslayo, con una falsa mansedumbre de perro muy árido por la tralla. Solía pegarle con una rama verde, sin hacerle daño, riendo de sus visajes de fingido dolor. Permitía a veces que el negro, en recompensa de un encargo prestamente cumplido, le besara las piernas, de rodillas en el suelo…”

Muchos años después de los encontros entre Pauline y el esclavo, Antonio Canova escultor favorito de la época, representó a Pauline en marmol como la Venus Victrix. El historiador Marizio Bernardelli deduce de ciertos rasgos, muy naturalistas, de los pechos de la escultura, que Canova usó un “calco en vivo” de Pauline. Fuera o no así, lo cierto es que ella habría posado desnuda sin reparo.

Venus Victrix, la escultura de mármol de Antonio Canova que calcó de cuerpo de Paulina.

Alejo Carpentier no deja en su novela los pechos “calcados” de la escultura sin unas manos que los bendigan. El negro Soliman, que años después viajó a Roma, se encontró en la noche, alumbrado solo por luz de velas, con la Venus Victrix. Él conocía aquel cuerpo.

“En el fondo de aquel pequeño gabinete, había una sola estatua. La de una mujer totalmente desnuda, recostada en un lecho, que parecía ofrecer una manzana. Él conocía aquel cuerpo. Palpó el mármol ansiosamente, con el olfato y la vista metidos en el tacto. Sopesó los senos. Paseó una de sus palmas, en redondo, sobre el vientre, deteniendo el meñique en la marca del ombligo. Acarició el suave hundimiento del espinazo, como para voltear la figura. Sus dedos buscaron la redondez de las caderas, la blancura de la corva, la tersura del pecho. Aquel viaje de las manos le refrescó la memoria trayendo imágenes de muy lejos…”.

El deseo entra dentro de la lista de placeres inmensos que nos hacen sentir parte de algo mucho más grande que nosotros mismo. Y así, con la imaginación entregada a las manos de Soliman, me pregunto cuánto de libre soy cuando deseo.

 

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Un ligue científico arruinó mi libido y el amor. Feliz San Valentín :-)

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Nunca lo había confesado. Pero no puedo más. ¡Tengo que gritarlo al mundo! Todo empezó en un atardecer porteño, con un novio científico (el primero y último) y el son cubano pegado solo a mi piel. Aquella tarde se inició la ruina de mi libido, mis orgasmos rizados, y el amor sublime. Abrazaditos los dos, con un ron de más (yo) y él con un agua mineralizada, me tocó el culo metódicamente y me dijo al oído: “Se está disparando mi testosterona”. Así fue como comenzó la debacle.

Hasta entonces, para mí lo que subía era otra cosa más carnal y musculada. Cerré los ojos y mi amígdala cerebral, la estructura primitiva, animal y apasionada, se bloqueó, como si se hubiera metido en mis bragas un guardia civil, y apareció en mi córtex prefrontal una molécula flotante.

Reposó su mano en mi caderá y mencionó a Darwin: “Tus curvas son un reclamo sexual, como tus labios rojos”. El científico había sucumbido a la selección sexual con la pasión de un bonobo.  Se me olvidó la mano en el culo y recibí un beso con mordisco.

A punto estaba de sobreponerme y abandonarme a la sinrazón cuando escuché lo peor: “oxitocina”, dijo él. ¡Me llamó oxitocina! Otros novios me habían llamado “lucerito”, “koala”, “chochete” (sí, chochete) y otras metáforas más o menos inspiradas. Pero aquella era la peor. Nada fue igual en mi vida desde que mi novio científico me llamó oxitocina.

Miré a mi alrededor: los colores de la Habana, el ritmo cubano, las caricias… Estaba a punto de enamorarme. “El sexo hará que generemos oxitocina, y ese será el vínculo que nos mantendrá biológicamente unidos como pareja, como familia… Eso es el amor, el tiempo que dure la oxitocina”. ¡¡Arrggggggg!! Morí. Sin embargo, acepte las razones científicas para echar un polvete.

Y me esperaba lo peor. Hubo revolcón, con brisa de palmera, y estudio anatómico. Mi clítoris resultó una estructura de enorme ramificación nerviosa que conducía señales eléctricas desde su lengua a un núcleo cerebral (el accumbens) que a mí, lo juro, me había pasado absolutamente desapercibido. Así fue como mi orgasmo, desde ese día, es una señal eléctrica y química en el accumbens. Mi ruina.

Meses después, ya en Madrid, mi novio científico me abandonó. Tenía más oxitocina con otra. Mientras yo me sentía una cobaya a punto de ser retirada del experimento, me explicó la teoría de las “afinidades electivas”. Bebiendo a sorbitos su agua mineralizada, me dijo: “Hay elementos químicos que se atraen y establecen enlaces duraderos. Pero, en ocasiones, aparece otro elemento químico con mayor fuerza de atracción e, irremediablemente, se produce una ruptura en el primer enlace que…”. Le dejé hablar unos minutos más, deseando que le cayera encima un meteorito.

Al novio tardé poco en olvidarle, pero aún hoy, cuando se acerca el día de San Valentín, en plena noche me asalta moléculas, circuitos neuronales activos, y mi núcleo accumbens palpita desconsolado.

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O le echas pasión, o te extingues (dice la ciencia :-))

besopeques  Sin pasión, nos habríamos quedado en la cueva y la glaciación, o un oso, se habría tragado al último Homo Sapiens. Todos los vivos hoy, somos descendientes de innumerables pasiones que acabaron con éxito. A otros, también apasionados, les aplastó un mamut (probablemente) y no andan ahora preocupados por los regalos de Reyes.

Pero todos los nuestros son los ancestros que bajaron del árbol, dejaron la cueva y se quitaron los calcetines para cortejar a machos y hembras, lloviera o tronara, hasta encontrar pareja…  De ahí que 16 millones de personas en este planeta sean todas de la misma familia que el bárbaro Genghis Khan. Bárbaro, sí, cruel, también. Pero hacía el amor todas las noches (cuentan), lo que ha hecho que su ADN se expanda apasionadamente hasta nuestros días. Si uno solo de los antepasados de nuestra línea evolutiva hubiera dicho: “¡Uff, qué pereza!”… no estaríamos aquí.

Pero la pasión es como una peli en la que no sabes si el prota es bueno o malo. Apasionados bailamos tango; corremos un maratón; estudiamos una ingeniería; subimos a la Luna y bajamos… También, apasionados, pegamos puñetazos, lloramos hiel por el abandono, o perseguimos a un ex amante por cada red social enviándole restos moribundos de nuestros gatitos compartidos.

Buena, o mala, pero es la pasión lo que nos saca de la cama. A los humanos, y a los osos panda. Así lo muestras científicos del Meghan Martin-Wintle del Instituto de Conservación del Zoo de San Diego.“Los osos panda necesitan más pasión en su vida amorosa”, titula el Huffington Post. Eso, o se exinguen.

Los científicos encontraron que el plácido devorador de bambú se reproduce solo si se lo trabaja. Cuando el panda corteja, se muestra interesado por la hembra, y le echa pasión al flirteo, se reproduce. Cuando no lo hace, y se deja los calcetines puestos, pues el éxito reproductivo es 0. ¡¡La ciencia ha hablado!!

 

 

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