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“¡Venganza genética contra mi amiga la flaca!”. (Descubren cómo editar el gen de la obesidad)

venganza

 

Usa una talla 36 de pantalón y a veces dice que se nota hinchada. Hinchada de qué, ¿de tontería, que es como el helio?  Engulle patatas fritas a todas las deshoras. Se relame con los dulces y la he visto zanjar sin hipidos una bandeja de costillas a la barbacoa pringando pan en salsa como si no hubiera mañana.

Mi amiga Adela es flaca desde el colegio. Los lipocitos se olvidaron de ella, y goza del don de comer sin engordar que, en estos tiempos de magra moda, es como si le hubiera tocado sangre azul en el lote embrionario.

Hace más de 20 años que somos amigas y, si apiláramos las torrijas que ella se ha comido en este tiempo, eclipsábamos el sol. Y ahí está hoy, con los mismos vaqueros con los que bailaba el Saturday Night Fever en los guateques. Mientras Adela engulle, y yo no, se le escapan por la boca migajas como esta: “Si es que engordas porque te mueves poco”.  O como esta: “¿No entiendo por qué la gente se preocupa tanto por el peso?”, y después abre la bolsa de patatas fritas: “No quieres, ¿verdad?”.

Una tarde de piscina, Adela me miró desde la cumbre de sus huesos y sentenció: “Pues esa tripa, nena, ya no te la quitas”. Fue como si me cayera encima una avalancha con todos los sandwich de paté que Adela se ha merendado a lo largo de la vida. Pero ese día, afilé en silencio el colmillo de la venganza.

Ayer supe que Adela lo tiene. Lo contaron en la tele. Adela lleva en su ADN el alelo glorioso de un gen que hace que la grasa del paté, el azúcar de las torrijas y la salsa barbacoa se disipen como el humo. Ha nacido con la estrella genética de los flacos flacos. Ese alelo del gen que acaban de descubrir quema la grasa. Y, si no lo tienes, la grasa se amontona en los lipocitos diseñando un michelín.

Desvelada, y conjurando a los dioses de la alquimia, rebusqué en el estudio científico. Han encontrado la manera de domar ese gen. Es casi un corta y pega. Basta una sencilla diferencia genética de un solo nucleótido para que aumente el riesgo de obesidad. Basta con cambiar la Citosina (C ) por la Timina (T) para desactivar de las células de Adela esa región de su ADN que controla que se quemen grasas y, ¡voilà!  Se encenderán sus genes Irx3 y Irx5, que son los malos, los desalmados artífices de la condena de mi tripa. Una vez apagado, la próxima costilla a la brasa que se zampe Adela quedará acurrucada como un malévolo sedimento en sus lipocitos vírgenes.

Así que hoy, antes de que Adela se despertara, edité su ADN y le preparé el desayuno más copioso de su vida. La veo engullir sin miedo la tercera tostada con mantequilla, y me relamo.

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