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Un ligue científico arruinó mi libido y el amor. Feliz San Valentín :-)

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Nunca lo había confesado. Pero no puedo más. ¡Tengo que gritarlo al mundo! Todo empezó en un atardecer porteño, con un novio científico (el primero y último) y el son cubano pegado solo a mi piel. Aquella tarde se inició la ruina de mi libido, mis orgasmos rizados, y el amor sublime. Abrazaditos los dos, con un ron de más (yo) y él con un agua mineralizada, me tocó el culo metódicamente y me dijo al oído: “Se está disparando mi testosterona”. Así fue como comenzó la debacle.

Hasta entonces, para mí lo que subía era otra cosa más carnal y musculada. Cerré los ojos y mi amígdala cerebral, la estructura primitiva, animal y apasionada, se bloqueó, como si se hubiera metido en mis bragas un guardia civil, y apareció en mi córtex prefrontal una molécula flotante.

Reposó su mano en mi caderá y mencionó a Darwin: “Tus curvas son un reclamo sexual, como tus labios rojos”. El científico había sucumbido a la selección sexual con la pasión de un bonobo.  Se me olvidó la mano en el culo y recibí un beso con mordisco.

A punto estaba de sobreponerme y abandonarme a la sinrazón cuando escuché lo peor: “oxitocina”, dijo él. ¡Me llamó oxitocina! Otros novios me habían llamado “lucerito”, “koala”, “chochete” (sí, chochete) y otras metáforas más o menos inspiradas. Pero aquella era la peor. Nada fue igual en mi vida desde que mi novio científico me llamó oxitocina.

Miré a mi alrededor: los colores de la Habana, el ritmo cubano, las caricias… Estaba a punto de enamorarme. “El sexo hará que generemos oxitocina, y ese será el vínculo que nos mantendrá biológicamente unidos como pareja, como familia… Eso es el amor, el tiempo que dure la oxitocina”. ¡¡Arrggggggg!! Morí. Sin embargo, acepte las razones científicas para echar un polvete.

Y me esperaba lo peor. Hubo revolcón, con brisa de palmera, y estudio anatómico. Mi clítoris resultó una estructura de enorme ramificación nerviosa que conducía señales eléctricas desde su lengua a un núcleo cerebral (el accumbens) que a mí, lo juro, me había pasado absolutamente desapercibido. Así fue como mi orgasmo, desde ese día, es una señal eléctrica y química en el accumbens. Mi ruina.

Meses después, ya en Madrid, mi novio científico me abandonó. Tenía más oxitocina con otra. Mientras yo me sentía una cobaya a punto de ser retirada del experimento, me explicó la teoría de las “afinidades electivas”. Bebiendo a sorbitos su agua mineralizada, me dijo: “Hay elementos químicos que se atraen y establecen enlaces duraderos. Pero, en ocasiones, aparece otro elemento químico con mayor fuerza de atracción e, irremediablemente, se produce una ruptura en el primer enlace que…”. Le dejé hablar unos minutos más, deseando que le cayera encima un meteorito.

Al novio tardé poco en olvidarle, pero aún hoy, cuando se acerca el día de San Valentín, en plena noche me asalta moléculas, circuitos neuronales activos, y mi núcleo accumbens palpita desconsolado.

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Un teoría científica explica que el amor es un caos.

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“¡Me cago en el amor!”, dice, en el sofá de mi casa, Morgana, mi querida Morgana. Quinta ruptura en seis años. Casi de récord guinness. Agotada. Enmarañado el corazón, y harta de querer tanto. “Es que no lo entiendo”, murmura mientras trato de reanimarla destilando ron. “¿Por qué falla?”. Me siento a su lado y le muestro esta foto de Rita Hayworth. La Teoría del Caos, amiga Morgana, explica el amor.

Rita Hayworth fuma. Vestida de Gilda, fuma como una diosa (todo lo hacía como una diosa). El humo sube en un hilo, es un flujo laminar suave. Pero de pronto, el hilo se retuerce. Se convierte en volutas, y se dispersa en nubes desordenadas. Mientras, Rita mantiene entreabiertos los labios en blanco y negro sin darse cuenta de que todo está cambiando. El humo de ese cigarro, según la Teoría del Caos, se comporta del mismo modo que el amor.

La Teoría del Caos es el nombre popular de una rama de las matemáticas y la física. Estudia lo más difícil, lo impredecible. Aquello para lo que la ciencia determinista no tiene explicación, desde el origen del Universo a la propagación de un incendio o a la manera en la que evoluciona una sociedad. Explica los comportamientos inesperados de los sistemas dinámicos, los que cambian y evoluciona sin que se conozca por qué. Y el amor —errático y canalla― lo es.

-“¿Esa teoría explica por qué nos enamoramos?“,  pregunta Morgana.
– “Sí -respondo- la culpa es de una mariposa japonesa”.

Hay una frase icono para la Teoría del Caos: “El aleteo de una mariposa en Japón ocasiona un huracán en el Caribe”. Un pequeño efecto en un sistema, produce una cascada de acontecimientos con consecuencias imprevisibles, que no se pueden medir. Son tantas las mariposas, los ciclones, las lluvias, los movimientos de masas de aire caliente en la atmósfera, tantos los fenómenos que afectan al clima, que es imposible saber con exactitud si lloverá el jueves, ni siquiera si habrá un viento suave. Podemos prever un eclipse o la aparición de un cometa con siglos de antelación, pero no el clima de la próxima semana.

Y así, como en la atmósfera, ¡son tantos los fenómenos que actúan sobre el amor! Una mirada en el metro puede producir un efecto en cascada que acabe por cambiarlo todo. Enamorarse no se elige. Es, posiblemente, uno de los efectos más azarosos del Universo entero. Ocurre de un modo inesperado. Un aleteo que no pueden medir los más sofisticados algoritmos que hay detrás de las enriquecidas páginas de contactos. El errático amor pende de un gesto, de una variación impredecible en el sistema que, de pronto, como la turbulencia del humo, hace que el corazón lata virutas desordenadas, y que la flecha dé en diana. Por más que uno se deje la piel por encontrar el amor, no ocurrirá hasta que aletee la dichosa mariposa.

-“¿Por qué un día el amor termina?“, pregunta Morgana con pucheros.

Cuatro años, dicen los estadistas, eso es lo que dura el amor. Una vez que el sistema se ha establecido, la pareja echa a andar. Dice la Teoría del Caos que el sistema se ve atraído por un atractor, algo así como un imán, algo que le hace dirigirse a un punto, a un objetivo. Hijos, un viaje a Venecia, sexo, desayunos en compañía… Estos son algunos de los atractores clásico de la pareja. Las razones por las que dos están juntos.

Sin embargo, a medida que el sistema se mueve lineal hacia su cuenca de atracción, hay “fuerzas”, perturbaciones inevitables que lo alejan del objetivo. De pronto, las tostadas del desayuno se queman, el sexo se viste con pijama de invierno, los besos ya no son una noria, y aletean otras mariposas en la oficina, o en el gimnasio. Estos y otros atractores desvían el humo del cigarro hacía un destino imprevisible. Y el amor, indefectiblemente, acaba.

¿Es posible recuperar el amor, después de habernos querido tanto?
– Para responder, canturreo este bolero: “Si tú me quisieras lo mismo que 20 años atrás”.

Un sistema inestable, según la Teoría del Caos, tiene una gran dependencia de las condiciones iniciales. Una mínima diferencia en esas condiciones hace que el sistema evolucione de manera totalmente distinta. “Si tú me quisieras lo mismo que 20 años atrás”, dice el bolero. En el sistema “pareja”, las condiciones iniciales no pueden volver a repetirse exactamente iguales. Esto hace, inevitablemente, que el humo nunca pueda volver a ser el mismo —ni el que fue hace 20, ni siquiera dos años atrás— que sea imposible recuperar la misma llama que encendió ese cigarro. No hay manera de volver a empezar.

-“Y, claro, ¿entonces es cuando el amor falla?”
– “En el caos no hay error, ya lo cantaba Radio Futura”.

El Caos no es ausencia de orden, sino cierto tipo de orden de características impredecibles, pero que pueden describirse de forma concreta y precisa. No es un fallo del sistema. Es solo algo que ocurre.
El sistema pareja evoluciona por zonas de incertidumbre donde no reinan las leyes precisas de la física, no es concebible ni por una supercomputadora que pudiese calcular todas sus etapas.
Para la Teoría del Caos, la realidad es una mezcla de orden, desorden, orden, desorden… y así, amor tras amor, de manera indefinida. No es un error que el amor acabe, es una oportunidad para generar un sistema nuevo 🙂

– Y ¿ahora qué? Con los huesos molidos y acumulando desorden, ¿qué puedo hacer cuando el amor termina?
– El Plan B, respondo. Esa es la respuesta.

Así lo explica en una entrevista para SINC el hombre que acuñó el témino Teoría del Caos, James A. Yorke, un divertido sabio de pelo blanco.

Dice Yorke: “Siempre tengo un dicho: que las personas más exitosas son aquellas que tienen un buen plan ‘b’, porque siempre tienes que reaccionar a los cambios”. “Algunas personas piensan que eso se tiene que planear, como los rusos solían pensar, pero no. Tienes un plan, y lo adaptas, lo cambias. Eso es lo que te dice el caos. No hagas planes a futuro”.

Los sistemas caóticos se caracterizan por su adaptación al cambio, como los juncos si hay viento fuerte. Adaptarse, cimbrearse, es lo que les hace estables y más resistentes que un muro. Si tiramos una piedra a un río, su cauce no se ve afectado; no sucedería lo mismo si el río fuera un sistema rígido en el que cada partícula tuviera un raíl para moverse. Si fuera así, tiraríamos la piedra y el sistema río se haría añicos. El corazón es un río. Tiene músculo de sobra para que la piedra rebote, y seguir latiendo.

Y así – le digo a Morgana, que ahora parece dormida en el sofá, no sé si por el ron o por mis teorías – del mismo modo que el fuego, entendido el amor como un sistema complejo que cambia, como no puede ser de otra manera, si el amor termina, pues una resetea el corazón, se enciende otro cigarro, y a otra cosa, mariposa.

 

 

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El ‘Adonis’ robot existe. ¿Cómo pude olvidar a Jude Law?

 

Robby el famoso robot de 'Planeta Prohibido', haciendo de príncipe con Anne Francis

Robby el famoso robot de ‘Planeta Prohibido’, haciendo de príncipe con Anne Francis

Mis cibernéticas disculpas. En mi último post, me mostré a la espera del Adán cibernético, una creación masculina, artificial y sofisticada que enamorara homínidas. Tras el post, me han llovido mensajes avisándome de que mi desconocimiento sobre robots es para echarse a llorar. Uno de los ciborgs que olvidé fue nada menos que a Jude Law, en su interpretación de Gigolo Joe. Y, desde luego, imperdonable que no llegaran a mi tecla las relaciones con robots que exploró Isaac Asimov. Estos son alguno de los hombres-máquina que olvidé.

Jude Law, una máquina de placer

judeloveSu papel es posiblemente lo mejor de A.I Inteligencia Artificial, película de Steven Spielberg. Gigolo Joe es un robot, una máquina especializada en proporcionar placer a las mujeres en un futuro horrible en el que la libido está tan en ruinas como el planeta.

Resucitar a un novio, en Black Mirror

Black Mirror es una serie de televisión británica creada por Charlie Brooker. El primer capítulo de la segunda temporada cuenta la resurrección robótica en la que se enreda Martha (Hayley Atwell). Su novio –el de carne y hueso— muere en un accidente de tráfico y, aunque al principio ella duda, cuando sabe que está embarazada decide reanimarle gracias a un software que, utilizando la información vertida en redes sociales, los vídeos y grabaciones de todo tipo almacenadas en internet, recrea la personalidad de su pareja al detalle. Llega a hacerse corpóreo, con algún lunar de menos que el novio original. La cosa acaba fatal.

 

Data (Star Trek) que también es dorado, aunque menos que C-3PO

Tiene relaciones con varias mujeres (un chip emocional le permite tener sentimientos). Y su gran amor es la teniente Tasha Yar. Ella es lo más cercano a una relación duradera en la vida de Data. En un capítulo (The Naked Now) un virus informático hace que ambos pierdan sus inhibiciones, e incluso tienen un encuentro sexual.  Después de su muerte, Tasha le deja un mensaje de despedida que Data conserva entre sus grandes tesoros. Data ha sido un auténtico sex symbol, y recibe cartas románticas de fans de carne y hueso.

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R.Jander, de la novela de Asimov Los robots del amanecer.

En el mundo del que viene Gladia Solaria las relaciones sexuales son un trámite pesadísimo para procrear. Cuando llega a Aurora, un mundo nuevo para ella, las cosas cambian. El sexo en Aurora tiene mucha más gracia. Allí conoce a Jander Panell, un robot en el que va a probar sus diseños (ella es estilista de robots). Gladia comprueba que Jander posee hasta el más mínimo detalle de la anatomía masculina. Con Jander Panell, Gladia siente su primer orgasmo, se enamora y le toma, simbólicamente, como su marido.

 

Los tiernos humanoides de Björk

Inmaculadamente blancos, mecánicos y sensibles. Así son los miembros de la pareja de androide y ginoide que participan en la tierna escena de este vídeo de Björk para su canción “All is Full of Love”.

 

Malkovich en Fabricando al hombre perfecto.

MPW-39540Es una película de 1987, dirigida por Susan Seidelman, con John Malkovich como robot teñido de rubio. Cuenta cómo Frankie Stone, una asesora de imagen de personajes famosos, seduce a un robot. Frankie recibe la oferta de idear la campaña de Ulises, un androide de última generación, diseñado para realizar viajes espaciales. A partir de ahí, lo que explora la película es la posibilidad de las relaciones amorosas humana-robot.

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