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Mi hijo de 12 años quiere depilarse

Con ustedes, el frondoso cuerpo del capitán de la selección norteamericana de rugby, Todd Clever. ¿Alguna pega?

Con ustedes, el frondoso cuerpo del que fue capitán de la selección norteamericana de rugby, Todd Clever. ¿Alguna pega?

12 años. Tierno como una magdalena. En efervescencia la pubertad. Tumbado en el sofá, mi hijo acaricia la seda oscura de su primer vello en la axila. “Mamá, quiero depilarme”, dice. Toso. “¿Cómo?”. “Que quiero depilarme”. “¡Cielos!”, exclamo. Y él argumenta: “Si fuera una niña me pagarías la depilación”. “¿Por qué quieres depilarte?”, pregunto en un hipido. “Porque es feo”, sentencia. La suya será la primera generación de hombres de cera, sin pelo visible a no ser que la barba siga cosechando éxitos. Me resisto.

Sé que no servirá de nada decirle que empleará más de dos meses completos de su vida a depilarse (se podría ir a dar la vuelta al mundo en ese tiempo); gastará una media de 10.000 euros en el combate (podría pagarse el viaje); sufrirá dolor si es con cera, calambres si es con láser, y, si elige cuchilla, su sedoso vello se convertirá en breve en un entramado de escamas camaleónicas que no habrá quien bese si no es jugándose la piel. Todo eso da igual. Miles de imágenes de hombres icono de pecho despoblado saltan ya a sus ojos desde el cine, las revistas y la publicidad, brillando como aquel sieso Ken que era novio de la Barby; pelados de pies a cabeza, sin sortear el pubis…

Si el pubis femenino se convirtió, con el depilado, en una árida superficie marciana, el masculino tiene, además, el interés de que a vista de pájaro, depilado, parece más grande. ¡Para qué queremos más! Que el hombre se quite el pelo ha sido una algarabía para un mercado que hasta hace poco solo alimentaba la mujer. Y ahí está mi hijo, vencido. Pero yo no me rindo.

 

Buceador estadounidense que ganó una medalla de bronce 10 metros de plataforma sincronizada en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012.

Nick Mccrory. Buceador estadounidense que ganó una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. No todos los deportistas se depilan.

Recurro a la épica científica, que sé trasnochada. A ver si cuela. Los adultos tenemos una media de 5 millones de pelos repartidos por el cuerpo. Esto lo digo para que mi hijo sepa que el combate para erradicarlos no va a ser sencillo. Y, además, ese pelo es útil. Muy útil. El vello facilita la sudoración, que es biológicamente imprescindible. Nos ayuda a que mantengamos una temperatura interior sana cuando hace calor. Esa capacidad para soportar altas temperaturas nos permitió migrar, hace alrededor de 1,7 millones de años, de las áreas cubiertas de árboles a la pelada sabana  de África. Así que a ese pelo que rasuramos le debemos parte de nuestra evolución.

“Aquí hay testosterona, corazón”.

Pero hay más. Los hombres tienen un vello más grueso que las mujeres en el rostro y en el pecho, y se lo deben a hormonas particularmente masculinas, andrógenos entre los que está la ansiada testosterona. La ecuación fácil de los que cuentan el atractivo de un hombre según la selección sexual dice que a más testosterona, más probabilidad de ser elegido por una mujer. Y el vello facial, y el del pecho, son reclamos biológico, como una luz que indica: “aquí hay testosterona, corazón”.

Si descendemos al pubis, la pérdida de vello es una catástrofe. El olor que cada humano desprende es único, una huella invisible. Nuestro olor particular lo liberan las glándulas aprocinas, abundantes en las axilas y el pubis. Y este perfume es un atractivo para el sexo. ¿Qué ocurre con el vello.? Pues que retiene y amplifica ese aroma biológico de la sexualidad. Sin pelo, el reclamo se atenúa y olemos a nenuco.

Las mujeres perdimos hace tiempo la batalla del pelo. La norma decía, y dice, que no hay cuerpo de mujer hermoso si no está modificado. La pérdida fue tan brutal, que hoy la “feminidad” pasa por vivir sin vello. Y eso que pelo tenemos todas. Ni siquiera el láser lo erradica para siempre. Ahora, ha llegado a los hombres el cansino dictado de arrancárselo de raíz una vez al mes, o quemar con láser el bulbo piloso, la matriz que los hace crecer. Estoy segura de que ya es tarde. Los hombres de cera ya son mayoría, y mi hijo será uno de ellos. ¿Le pagaré la depilación?

 

El fabuloso pecho de un Súper Man. Henry Cavil es El hombre de acero

El fabuloso pecho de un Superman. Henry Cavil es “El hombre de acero”.

Robert Pattinson el vampiro de ‘Crepúsculo’ que las adolescentes de medio mundo vieron como el hombre perfecto.

Robert Pattinson, el vampiro de ‘Crepúsculo’ que las adolescentes de medio mundo vieron como el hombre perfecto.

Jon Kortajarena

El modelo Juan Betancourt inició su fama axila al aire, como imagen de los productos de cuidado facial de Tom Ford

Aquí una demostración de que depilarse no sirve 'pa na'.

Aquí una demostración de que depilarse no es bueno para la evolución de nuestra especie

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¿Cómo te verías si te miraras al espejo por primera vez?

 

Instrucciones para mirarse a un espejo por primera vez: desnúdate. Busca un espejo que te permita verte por completo. Dedica al menos 20 minutos a mirarte…

Un 90,2% de mujeres distorsionan su imagen corporal y están insatisfechas con su cuerpo. Y tiene mucho que ver con cómo nos miramos al espejo. La propuesta de este post es hacer un experimento guiado. Mirarme con ojos nuevos, inocentes.

Hablo con la investigadora de la Universidad de Granada Sandra Díaz Ferrer. Trabaja con mujeres que manifiestan una alta insatisfacción con sus cuerpos, y padecen trastornos alimenticios que pueden acabar matándolas. Sandra acaba de publicar un estudio en la revista Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry. Su trabajo ha demostrado la eficacia de técnicas basadas en observarse en el espejo para mejorar el tratamiento de la bulimia nerviosa.

Pregunto a Sandra si esas técnicas también servirían para esa inmensa mayoría de mujeres descontenta, sin trastornos alimenticios. Me dice que sí. La técnica que propone es similar al tratamiento de exposición que se utiliza para fobias específicas. Como si te dan miedo las arañas y el psicólogo te propone ver arañas hasta que te acostumbres. En este caso se trata de mirar tu cuerpo, verte delante del espejo como si lo hicieras por primera vez en la vida o, al menos, como nunca lo has hecho. Se trata de dedicarte el tiempo suficiente para mirarte de forma diferente, constructiva. Hay mujeres que, cuando inician la exposición, lloran. Me asombra que uno llore ante sí mismo. Sandra puntualiza: “Sientren un elevado malestar al ver sus cuerpos, tanto para no querer mirarse porque no les gusta lo que ven”. Tomo nota de lo que explica Sandra, y me miro.

20 minutos delante del espejo. Desnuda, o con una ropa interior neutra.

La propuesta es empezar por la cabeza y terminar en los pies, y hacer descripciones objetivas, sin comparar, ni emitir juicios. Arranco:

“Tengo el pelo caoba (me lo tiño), los ojos simétricos; los pómulos angulosos de mujer madura, el labio superior en pico, el inferior, carnoso; la barbilla redondeada. Desciendo por el vértice del escote, moreno. Tengo dos pechos, eso sí que es objetivo. Estoy a punto de valorarlos, pero no lo hago. Sencillamente digo: tengo dos pechos. El vientre es redondeado. Miro mi ombligo, probablemente es la primera vez que lo miro despacio. Sigo descendiendo sin valorar, sin emitir juicios. Llego a los dedos de los pies. Los cuento. 10.

Todo lo que digo en voz alta tiene que ver con lo que veo en el espejo, y no comparo. Trato de no pensar en el generoso culo de Kim Kardasian cuando miro mi culo (tampoco en el de Yoko Ono, que me daría tregua). Es un culo. El mío…

“Lo que suele ocurrir es que no te miras a ti mismo, te miras en comparación con ese ideal de belleza que tenemos en la cabeza”, explica Sandra. Y la insatisfacción se cuela ahí, y clava el colmillo. “Tiene que ver con la Teoría de Comparación Social. Si nos comparamos con los que consideramos mejores que nosotros,  la autoestima se ve afecta negativamente”.

Llevo, según Sandra, un molde en la cabeza. Es el que he formado a lo largo de mi vida con fotos de modelos de revista y princesas de Hollywood. En ese molde no encajo. Ni yo, ni nadie. Así que miro mis caderas y esta vez no las comparo con las de las modelos de los anuncios de tampones (¿Alguien puede explicarme por qué aparecen culos de chicas para anunciar tampones?) No comparo. Ese es el mantra.

Arnold Schwarzenegger en minifalda

Voy camino de consumir los primeros 10 minutos de exposición a mí misma. Llego a uno de mis puntos débiles, mi sapo personal: los muslos. “Parezco Arnold Schwarzenegger ”, se me escapa. Tengo un portentoso cuádriceps que hace que nunca lleve minifaldas, y que le debo a una vida de saludable deporte. Mi muslo ha podido conmigo. Para una buena exposición al espejo la idea es no decirte a ti misma nada que no consientas que te digan los demás. Así que retomo la mirada. Aniquilo a Schwarzenegger y observo otra vez mis muslos. Esta vez solo digo: “Son fuertes”.

“Las mujeres hacen comentarios durísimos sobre sus cuerpos cuando se miran”. El clásico: “parezco un chorizo”, o “me quitaría unas lonchas de aquí”, son balazos tan certeros como los de la Magnun de Harry el Sucio. Así que la idea es, a partir de ahora, mirarte al espejo sin tratarte mal.

15 minutos mirándome. Había empezado con miedo. No suelo detenerme en espejos. Me dice la doctora que hay dos tipos de personas, las que se miran todo el rato y apuntan justo a esa parte que les desagrada, y las que rehuyen mirarse, como si el espejo fuera la boca de un lobo.

Ahora se trata de verme globalmente, como un todo. Un cuerpo de mujer con todas sus cosas. No me falta de nada. El conjunto soy yo. “Mirar el cuerpo de un modo holístico, globalmente, hace que no te detengas en esas zonas que suelen ser la diana de tus críticas”.

El conjunto de un cuerpo de mujer es un ejemplar único. Tengas la edad que tengas, el tamaño, la forma, las cicatrices, los lunares, las alegrías que son las tuyas. Un todo. Ese cuerpo es el que te llevas de paseo, a montar en bici, o echarte la siesta, lo que toque. Es útil y generoso.

Fin de la exploración de mi yo. Han pasado los 20 minutos propuestos. (En la terapia de Sandra las mujeres están 40 minutos ante el espejo). Me quedaría un rato más.

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Razones por las que un hombre es mejor que el turrón de chocolate

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Si sucede que despiertas de la siesta, y dudas entre ese hombre templado que aún descansa, o el deleite del turrón en tu boca, has de saber que es científicamente recomendable elegir hombre.

Es posible dudar. El turrón no pide nada, puedes comerlo delante de tu madre, y el surtido de la caja incluye variedades con almendra, yema, revestido de chocolate, más o menos dulces… Pero el cuerpo de un hombre ofrece dos metros cuadrados de piel a explorar, llena de surcos, laderas y otros accidentes geográficos; viene sin azúcar y gluten free, su envoltorio es reciclable, y consumirlo no engorda y es gratis. Solo con rozarlo, un hombre es increíblemente beneficioso para el sistema inmune y la sonrisa.

Si el día es frío, y hoy lo es, un hombre te calienta los pies, el turrón no. De su piel más caliente fluye calor hasta que las dos superficies en contacto alcanzan el equilibrio térmico. Como si rescatara a un alpinista al borde de la congelación, la trasferencia de calor hará que en poco tiempo tus pies y manos se templen.

La tarde, hoy, también es larga. Hay tiempo y el cuerpo de un hombre sirve para jugar. El juego es una actividad de ensayo-error. Aprendemos jugando, y, para que juguemos más, la biología cuenta con la estrategia del placer. Un cuerpo humano es de los entretenimientos de adulto más interesantes que existen. Hay más posturas sexuales que piezas de colores en el cubo de Rubik, y cuanto más se practican, más colores encajan.

Ese juego de cama y sofá es mejor que salir a andar, y no hace falta llevar bufanda. Bastan seis minutos, lo que suele durar por término medio jugar al sexo. En esa mini eternidad, más o menos lo que tardan en ponerse al dentes los espaguetis, el gasto energético supone la pérdida de 21 calorías, aproximadamente lo mismo que dedicar esos seis minutos a caminar. No es mucho, pero da para después comerse el turrón sin culpa, y sin pasar frío.

El sexo te vacuna contra la gripe. Entre lo mucho que fluye dentro de ti cuando haces el amor, ocurre que una particular hormona, dehidroepiandrosterona (DHEA), se anima bajo las sábanas. La DHEA no asoma cuando te relames con el turrón, pero sí cuando disfrutas de ese hombre que acaricia. La DHEA, durante el sexo, incrementa hasta en un 30% los niveles de unos anticuerpos que se llaman inmunoglobulinas A. Y tu sistema inmune reverdece. La inmunoglobina A es un antígeno que combate la gripe, así que tenemos a nuestro lado un paisaje templado en 3D y una vacuna natural.

Es más beneficioso que la dieta mediterránea: se acelera el ritmo cardiaco de una forma sana, y mejora el estado general del sistema vascular y las arterias. Un estudio de la Queens University de Belfast mostraba que la práctica sexual de dos o más veces a la semana reduce en un 50% la posibilidad de un ataque al corazón. Además, las heridas —las físicas— cicatrizan mejor y más rápido (según otro estudio de la Ohio State University Medical Center), y mejora la presión arterial diastólica, esto es, el número que aparece abajo cuando se calcula la presión sanguínea, según otro estudio publicado en Annals of Behavioral Medicine.

Y qué decir de lo mucho que gana la sonrisa. Si Google desarrollara unas gafas verdaderamente maravillosas, serían las que nos permitieran vernos por dentro, unas gafas todo lo cool que quieran, con las que pudiéramos observar el río de hormonas que producimos, el enredo de neurotrasmisores activados cada vez que miramos, besamos, tocamos, lamemos o abrazamos el cuerpo de un hombre.

Casi a tientas, los que investigan cerebros hablan a menudo de una hormona, probablemente la más noble, la oxitocina. La producimos de forma natural, unos más, otros menos. Niveles altos de esta hormona están asociados a sufrir menos estrés, a tener menos miedos, a sentirte más unido a los tuyos, incluso a disfrutar de la música y, entre otras muchas bondades, a sentirse enamorado.

Y ahí está. Fuera hace frío, y hay tiempo. Basta con abrazar el cuerpo de un hombre para que los niveles de oxitocina aumenten en tu torrente sanguíneo. Un abrazo es una mina geotérmica. Y si asoma con la primera caricia, brota como un géiser durante el orgasmo.

El turrón, revestido de chocolate, también tiene buenas razones. El chocolate es un placer a mano y es un alimento rico en feniletilamina, que parece suplir con inocencia las carencias naturales de la oxitocina.

¿Pero puede el turrón conseguir la misma sonrisa derivada del disfrute del cuerpo de un hombre? En Escocia, en la Universidad de Edimburgo, han investigado con ratones qué ocurre con la oxitocina tras el orgasmo. A las 48 horas los niveles de esta hormona tesoro permanecen todavía altos, y los ratones se muestran sumamente fieles y unidos como en un vínculo de por vida. Al turrón, sin embargo, le olvidaremos hasta las próximas navidades.

Con mis mejores deseos para 2015 🙂

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