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Crisis de ausencia típicas: el enigma del ‘petit mal’

Del escultor Jason deCaires Taylor

Del escultor Jason deCaires Taylor

Se ve en cualquier calle. Gente que camina. Unos deprisa, otros con niños revoloteando, muchos decididos, acompañados y no. Altos, bajos, lisos, rizados, hacia el metro, hacia el mar, de regreso a casa… Sin saberlo, todos tienen alguna vez crisis de ausencia típicas.

Las dispara un detalle. Una mirada verde, aunque la suya fuera azul; el coletero infantil en el pelo de la mujer que cruza; un bolso mal colgado en la terraza de un café, algo, cualquier cosa que se quedó, que olvidó llevarse o que no enterramos. Entonces es cuando suceden.

La crisis de ausencia típica también se llama petit mal (pequeño mal) porque provoca  una pérdida de conocimiento breve, 15 segundos o menos, y es apenas perceptible. Es un mal pequeño. Enseguida pasa. La persona simplemente deja de moverse o hablar, mira fijamente  y no responde a las preguntas. Es tan corta y difícil de notar que podemos tener varias en un mismo día sin que nos demos cuenta de que ocurren. Cuando sobreviene, uno se para, se petrifica como la mujer de Lot. 

Quien la sufre no cae al suelo ni convulsiona, solo se detiene. Desde el punto de vista electroencefalográfico son un enigma. Se suspenden las funciones mentales. El afectado no ve, ni escucha. Si pudiéramos radiografiar qué está ocurriendo en ese momento en su cerebro, veríamos, por ejemplo, el asa de un paraguas que sirvió para caminar del brazo de una pareja que terminó;  la mochila del niño que se hizo adulto; el cojín caliente que amansó los dolores del abuelo que enterramos, el perro viejo que le seguía, la garrota que no apartará más otoños. Son los objetos perdidos de aquellos que ya nos van a faltar siempre, los interruptores de las crisis de ausencia típicas.

Otra importante característica del petit mal es que la amnesia posterior suele ser completa. Cuando la han sufrido, no recuerdan nada. Solo pueden percatarse de que ha pasado un ángel por los segundos perdidos en el reloj. La gente que camina no sabe que a menudo se acomodan en su cabeza paraguas, cojines y coleteros que les detienen unos segundo, un tiempo breve para recordar amantes y amores, maestros, padres y amigos. 15 segundos por cada ausente.

Pero es un crisis benigna, como las lluvias. Al final, antes de retomar la actividad que tenía, el paciente sonríe.

La crisis de ausencia es en realidad un trastorno habitual en pacientes de epilepsia,  generalmente entre los 6 y 12 años, y son dos veces más frecuentes en las niñas. El nombre de petit mal se lo dio un psiquiatra francés, Jean Étienne Dominique Esquirol. No saben qué las produce, pero sí que detienen la actividad cerebral unos segundos y las niñas se paralizan sin que se sepa qué ocurre exactamente en sus cabezas durante ese tiempo.

 

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