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Las vaginas y los tiburones tienen algo en común (no, no son los dientes).

Un jovencísimo Steven Spielberg durante el rodaje de "Tiburón".

Un jovencísimo Steven Spielberg durante el rodaje de “Tiburón”.

“Los dientes blancos de la vagina de Colasa Sánchez se estrellaron alrededor del pene infinitamente duro de D. C. Buckley”.

La frase es de la novela Cristóbal Nonato, del escritor panameño-mexicano Carlos Fuentes. El relato de Fuentes es solo uno de los muchísimos que refieren malévolas vaginas dentadas en literatura, videojuegos, cómics, cine… y cualquier manifestación cultural que quieras añadir de todos los tiempos, desde los inuits a los apaches, pasando por el rincón del mundo que quieras.

Pero la relación que encontré entre vaginas y tiburones no son los dientes, sino algo más íntimo que forma parte del lubricante natural de la vagina. Si hacemos una lista de ingredientes del flujo vaginal, encontramos una composición parecida a la del suero. Agua, albúmina, glóbulos blancos, ácido acético, lactobacilos (las mismas bacterias que se encuentran en el yogur), y aquí viene el tiburón: el flujo vaginal contiene escualeno.

 

Escualeno, puede que os suene. Este compuesto orgánico se encuentra en abundancia en el hígado de los tiburones y a veces se emplea en cremas hidratantes. Pero su última virtud llega de un estudio reciente en el que han encontrado que protege a las célula sanas de los daños de la quimioterapia en tratamientos contra el cáncer. A los tiburones, el escualeno, que tiene menos densidad que el agua de mar, les permite nada menos que flotar.

 

Nuestro flujo vaginal también nos relaciona con los tomates y el vino. Su pH es ligeramente ácido, de 3,8 a 4,5, comparable con el pH del tomate,  más o menos la misma acidez que un vaso de vino, y algo menos que un limón.

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