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¿Qué vio la reina cuando desnudó al gigante vasco?

 

-“Su Majestad…. Si a Vuestra Alteza le gustara nuestro espectáculo…”

La reina es Isabel II. El espectáculo ante ella es el gigante vasco Joaquín de Eleizegui. Se trata de un gigante muy gigante. Colosal. De gigantes manos, boca gigante, portentosas columnas para soportar tanto hombre… La reina, sin embargo, es menuda, poco más que adolescente, y maneja con destreza de soberana la curiosidad y el poder.

La escena pertenece a la película Handia. Premio Especial del Jurado en el Festival de cine de San Sebastián. Una película con ingredientes de cuento fantástico y un melancólico y atormentado gigante, que fue real, como protagonista.

Isabel II de España es, ya saben, aquella a quien el Papa Pío IX llamó “Puta, pero piadosa”, razón (la segunda) por la que el Sumo Pontífice decidió entregarle la exclusivísima Rosa de Oro, valorando la fidelidad terrenal de su corona por encima de los dimes y diretes que condenaban la moral de la reina. Isabel II tuvo, como otras grandes de la historia, una variada colección de amantes, y, en sus noches, un marido con pijama de encaje poco dispuesto a quitárselo.

Este es el gigante de Handia, interpretado por Eneko Sagardoy.

Con todo esto, la escena del gigante y la reina pudo ocurrir tal y como lo narran en Handia. Por qué no. En 1853,  Joaquín de Eleizegui envió una carta a Isabel II pidiéndole “a su benigno corazón” que le perdonase la tributación del 10% de sus ganancias, argumentando que un gigante así ha de comer muchísimo (daba cuenta, por ejemplo, de 23 libros diarios de sidra). Ante aquella petición, hubo cita en la Corte. Para solicitar el favor real, Joaquin se mostró ante la reina “frescachona” tal y como se exhibía por el mundo, como atracción de circo, pero vestido de hombre de bien.

La escena es muy breve, pero encantadora, interpretada por Naima Barroso con deliciosa humanidad.

Llegado el momento del encuentro, la reina observa al atribulado coloso ante ella. “¿Es retrasado?”, pregunta, porque no le entiende cuando habla. “No. Es vasco”, recibe como respuesta. Segundos después, plena de derechos, la reina se levanta y, porque es reina, da rienda suelta a la frescura que la curiosidad merece:

– “Que se desnude”, pide la reina.

Tras sus palabras, impera la incredulidad en la sala. Pero la reina insiste en querer aclarar esta duda razonable: ¿es todo gigante en un gigante?

-“Que se desnude”, solicita de nuevo Isabel.

Del  Gigante de Altzo las crónicas recogen casi todas sus medidas: 230 cm de estatura y 203 kilos de peso (quince arrobas). La silla en la que se sentaba, 64 centímetros de alto; sus abarcas 42 centímetros de largo, y sus guantes 33. Se conoce, incluso,  la circunferencia de su txapela,   62 centímetros según aseguran los milimétricos cronistas. Sin embargo, sobre otras partes de interés,  nadie tomó medidas. Habría que indagar en los ojos de la reina, porque cuando en la pantalla de cine el gigante se desnuda, la cámara rueda desde atrás.

Y así, ¿qué vio la reina? 🙂

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