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300.000 óvulos perdidos. Esta peli en 3D muestra cómo ocurre

A día de hoy, contando desde la pubertad, he perdido aproximadamente 300.000 óvulos. Juntos no me cabrían en el bolso. Podría haber repoblado un país entero si se hubieran fecundado. Ha sido una pérdida sin drama (una se acostumbra). Y ha ocurrido tal y como se narra en esta impresionante recreación en 3D hecha por  Hybrid Medical Animation para el área de salud de la mujer de la Clínica Mayo.

Cuando nací, mujer, mis óvulos contenían la friolera de 2 millones de óvulos que se esfumaron paulatinamente en el desarrollo. Al llegar a la pubertad, quedaban 300.000 mil, más o menos, y de ellos sólo entre 400 y 500 maduraron y protagonizaron una peli como esta.  Solo uno, en mi caso, fue fecundado, y le llamamos Héctor. De los óvulos que aún me quedan, pocos, solo el 1% son aún viables para tener un hijo. 

Se deterioran con la edad, nadie sabe muy bien por qué, y de ahí que ahora muchas mujeres decidan vitrificarlos cuando aún están en plena forma para tener hijos más tarde. Guardar un óvulo para luego es complejo. El espermatozoide soporta bien la vida congelado, pero el óvulo no. Su alto contenido en líquido hace que para preservarlo de la edad haya que recurrir a una técnica que es más o menos como si quedara envasado para el futuro.

Son aún muchos los enigmas que rodean a esta macro célula que siempre pintan de rosa. Sin embargo, uno de esos misterios del gran huevo está aclarándose.

La monogamía biológica: ¿Por qué sólo un espermatozoide?

Después de nueve años de búsqueda, científicos británicos han encontrado cómo sucede, qué puerta se abre en el óvulo para que sea solo un espermatozoide el que entra y fecunda.

Lo que han encontrado es una proteína que vive en la superficie del óvulo y que mantiene la puerta siempre abierta (estudio publicado en Nature). A esta molécula la han llamado Juno, como la diosa romana del matrimonio y la maternidad.

En 2005, investigadores japoneses también encontraron una proteína de los espermatozoides sin la cual no pueden entrar en el óvulo. Es una proteína que mantienen protegida durante el largo viaje por el útero y que actúa cuando llega al óvulo, como si mostraran una contraseña. Los científicos de Osaka la llamaron Izumo en honor de un santuario japonés dedicado al matrimonio.

Así que el asunto de la fecundidad se resuelve entre dioses monógamos: Juno e Izumo se entienden y, después, la puerta del óvulo se cierra para que no entren más.
Localizar estas moléculas clave servirá para resolver muchos problemas de fertilidad, y también para investigar nuevos métodos anticonceptivos, que falta nos hacen.

Y así, fecundado o no, el óvulo se desplaza por ese bosque interior que han recreado con tanta delicadeza en la película en 3D y, una vez en el útero, anida si está fecundado, o la gran célula de las homínidas se desploma, sin drama, y se pierde para siempre.

 

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Se puede querer a dos hombres a la vez… y no estar loca

Las mujeres omuhonga, de Namibia, participaron en el estudio sobre sexualidad femenina

Las mujeres omuhonga, de Namibia, participaron en el estudio sobre sexualidad femenina

Que me disculpe el viejo Machín por feminizar su bolero (Corazón loco). Él amaba a dos mujeres a la vez pero, en estos días, una reciente investigación demuestra que amar a dos hombres, o a tres (y suma los que quieras) es una posibilidad biológicamente eficaz para las homínidas. Afirma que la mujer es, por naturaleza, tan promiscua como el hombre (que también) y los únicos límites a nuestra díscola genética están en los cinturones culturales que cada cual aprende y, entre ellos, la independencia económica.

El nuevo estudio lo firma la antropóloga Brooke A. Scelza, de la Universidad de California, Los Ángeles, y lo acaba de publicar en Evolutionary Anthropology. Scelza sostiene que el papel sexual de las mujeres no se limita a la elección de un macho adecuado, sino que también buscamos múltiples parejas sexuales.

Scelza investigó los quehaceres de mujeres de distintas sociedades, entre ellas, las  Omuhonga, en Namibia. Es un pueblo seminómada que vive principalmente del pastoreo de ganado. Los  maridos viajan largas distancias con las manadas, y, en su ausencia, las mujeres pueden (o no) tener otras parejas. De las 110 mujeres que entrevistó Scelza, un tercio dijo que sus relaciones con otros hombres causaron el nacimiento de al menos un niño. Como en su sociedad la promiscuidad no es un estigma, tanto mujeres como hombres hablan de ello abiertamente.

Las mujeres ya no ligamos, científicamente, igual que las moscas

La investigación de Scelza afila el vértice de una batalla científica que se sostienen desde hace décadas, y cuya responsabilidad inicial es del lúcido Darwin. El debate, básicamente, es determinar científicamente si en nuestra especie, especialmente en las hembras, la estrategia reproductiva más eficaz es tipo mosca, o tipo bonobo (el simio promiscuo con el que compartimos más ADN que con cualquier otra especie, un 98.7%).

La propuesta dominante en el Olimpo científico, y la más instalada en la mente colectiva, es que las mujeres elegimos pareja con la misma estrategia que la mosca de la fruta, la provechosa Drosophila melanogaster. Veamos cómo se llegó a la mosca.

En su obra El origen del hombre, Darwin puso en tinta que la mujer tiene un papel dominante a la hora de elegir compañero, y que, de entre los mejores, solo elige uno. Los machos, por tanto, tienen que competir entre ellos por ser el elegido, y dejarse los cuernos si hace falta. La razón que Darwin encontró es que para un macho humano producir células sexuales es algo biológicamente barato. 100 millones de espermatozoides en cada “¡ay!” lo atestiguan. Así que le interesa copular con cuantas más mejor, para lograr el mayor número de descendientes que le honren. Conclusión: la estrategia biológica de más éxito para el hombre es la poligamia.

La visión de Darwin sobre la mujer era la opuesta: un gran óvulo al mes, con un coste biológico de las dimensiones del Himalaya. La hembra, por tanto, tiene que seleccionar al buen macho, y solo a uno, que garantice un descendiente fuerte y sano.

Darwin nos vio, así, hombres polígamos y mujeres monógamas por orden biológico natural. Pero él solo lo anunció. En 1948 el genetista británico Angus J. Bateman llevó a cabo un trabajo experimental para demostrarlo, y eligió como sujeto de estudio a la moscas de la fruta, la Drosophila melanogaster.

Bateman se dedicó a buscar moscas con rasgos físicos diferenciadores: alas rizadas, pelo grueso, ojos en una hendidura… las puso a copular y después contó descendientes que hubieran heredado esos rasgos. Con su famosísimo experimento mostró que el número de descendientes de un macho aumenta en la misma proporción que el número de parejas seducidas, mientras que la mosca hembra no gana nada con la variedad. Trasladar sus conclusiones de la mosca al humano le llevó un párrafo. Y ahí quedo: para el genetista, las humanas ligamos con la misma estrategia que la mosca de la fruta.

El de Bateman es el estudio experimental sobre selección sexual más citado en la actualidad, pero para discutirlo. Patricia Adair Gowaty, profesora de ecología y biología evolutiva de la universidad de UCLA, repitió el experimento de Bateman mosca a mosca y encontró que el genetista se había hecho un lío al contar mutaciones, y que algunos aspectos fundamentales del estudio no eran correctos. «Posiblemente el trabajo de Bateman nunca debería haber sido publicado», afirmó la investigadora.

Hay numerosos estudios que ensalzan la promiscuidad como estrategia biológica eficaz para ambos sexos. El más reciente es de la antropóloga Brooke A. Scelza, de la Universidad de California, que, como los huevos Kinder, también tiene sorpresa.

Dice Scelza que ha encontrado gran diversidad de normas sexuales por el mundo, desde la monogamia forzada estrictamente al poliamor, y que ha dado con una razón detrás de los modelos donde las parejas múltiples son más abultadas. Allí donde las mujeres tienen más recursos económicos, o mayor independencia del hombre, triunfa el corazón loco.

Para Scelza esto explica por qué la infidelidad femenina se ha incrementado en occidente y apunta el caso de Islandia, en el primer puesto en la clasificación en igualdad de género según el Foro Económico Mundial de 2013 y, al mismo tiempo, donde el 67% de los niños nacen fuera del matrimonio. La tasa mayor del mundo occidental.

Aunque la batalla por explicar el comportamiento sexual humano continuará, lo que parece es que hay posibilidades para todo. Aunque no está mal saber que si te enamoras de dos, tres o siete hombres a la vez, loca, biológicamente loca, no estás.

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