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Los bebés son corruptos. Se venden por 8 galletas.

 

Imagen de uno de los experimentos del Infant Cognition Center en la Universidad de Yale

Imagen de uno de los experimentos del Infant Cognition Center en la Universidad de Yale

El experimento que han diseñado Tasimi y Wynn, psicólogos del famoso “Baby Lab” de la Universidad de Yale, es muy simple, pero tiene su enjundia. El objetivo era responder a esta pregunta: ¿Venderán los bebés su alma a un mal tipo por una buena ración de galletas?

Los bebés del estudio tienen entre 12 y 13 meses. La escena: una marioneta gatito trata de abrir una caja de plástico, y se esfuerza. A su lado, dos perritos marioneta, el bueno y el canalla. El bueno le echa una mano al gatito y la caja se abre. El malo, salta una y otra vez sobre la tapa para que no lo consiga. Y bien…. La escena no es que dé para un peliculón, pero como experimento, sirve.

Después de la acción, perro bueno y perro malo ofrecen galletas al bebé. Cuando el perro bueno ofrece una galleta, y el malo dos, los bebés no dudan: Un 80% toma solo una galleta, la que le ofrece la marioneta con buen corazón. Pero, ¿qué ocurre si la cuantía se incrementa? El malhechor no tiene límites en su oferta, y en todos los bebés se aprecia un dilema antes de elegir, pero, finalmente, cuando la oferta supera las 8 galletas, la moral se retuerce y los bebés muestran una mayor tendencia a vender su alma.

En un experimento anterior realizado con niños de entre 5 y 8 años, con una oferta de pegatinas, el cisma ético se producía a partir de la pegatina número 16.

Los experimentos del Baby Lab sobre la moral son muy numerosos e interesantes. Escudriñan ese concepto que el filósofo del s.XVIII, Jean Jacques Rousseau, acuñó para la posteridad: que los humanos nacemos sin un sentido de la moral y que hay que educarnos para que nuestros comportamientos sean éticos. Para Thomas Hobbes (1588-1679) la cosa era aún peor, y ahí quedó:  “El hombre es malo por naturaleza”.

Pero el psicólo de Yale, Arber Tasimi, con sus experimentos discute a Rousseu, y encuentra pistas de una moral innata, que traemos con nosotros al mundo por el mero hecho de ser humanos, y advierte que hay que mimarla, educarla y conocer sus límites. “Queremos entender cómo somos los seres humanos antes de ser nada, antes del lenguaje, antes de la cultura, antes de cualquier influencia exterior”, explica Tasimi y destaca un detalle del experimiento que para mí es lo mejor: Hay algunos bebés que siempre, en todo caso, por más galletas que se pongan sobre la mesa, siempre se quedan con una, la única que les ofrece el buen tipo del experimento.

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¿Por qué dan ganas de comerse a un bebé?

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Esta reacción, la de querer comérselo aunque el bebé no sea tuyo, es una peculiaridad generalizada entre las homínidas. La razón está en el olor del recién nacido, que no es nada ingenuo: se trata —dicen expertos— de un arma biológica, infalible, que le sirve para garantizar que le quieras a raudales. El efecto que produce, según una nueva investigación, es similar al de comerse un solomillo después de tres meses a dieta.

Un equipo de investigadores acaba de desvelar cómo funciona este fenómeno natural: “El olfato es un lenguaje. Y las señales químicas —las palabras de ese lenguaje— que sirven de comunicación entre madre e hijo son de una enorme intensidad”, explica Johannes Frasnelli, uno de los investigadores del departamento de psicología de la Universidad de Montreal, donde han hecho este estudio.

El experimento lo realizaron con 15 mujeres que acababan de ser madres, y otras 15 que no lo habían sido nunca (funcionó en todas, aunque más en las madres). El “olor” lo recolectaron del pijamas de bebés dos días después de su nacimiento.

A todas ellas les escanearon el cerebro mientras olían “esencia de pijama”. Y lo que encontraron es que se activaba un circuito neurológico que realmente me interesa mucho: el que nos hace sentir placer.

Se trata del llamado sistema dopaminérgico. Este circuito de neuronas  —y aquí la relación entre los bebés y el solomillo— se activa, por ejemplo, cuando por fin comes después de pasar hambre. Es el circuito de la satisfacción después del deseo. El placer es una recompensa neurológica.

La dopamina es el neurotransmisor más importantes de este sistema. De un modo muy simple (que me perdonen los sabios) a más dopamina, más placer. Y, ¿qué hace que la dopamina aumente? Pues en diversos estudios han encontrado que la liberación de dopamina en las regiones límbicas del cerebro asciende con la comida, la bebida, el sexo y, claro, con los pijamas de bebé. En su lado oscuro, también se dispara con el consumo de cocaína, anfetaminas y otros psicoestimulantes.

El olor del bebé tiene poder antropológico. Para los investigadores, este resultado muestra que es una herramienta favorecida por la evolución, y que su efecto refuerza el vínculo madre-hijo, fundamental para la supervivencia del bebé en los primeros meses de vida.

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