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Macarena, la primera actriz robot debuta hoy en Alicante

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Y bien, ella es Macarena, piloto de una aeronave que viaja por las colonias interestelares. Hoy viernes, a lo largo de la mañana, ella y decenas de robots actores saldrán a escena en la Nau de la Innovació de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Hoy, es el gran día de estreno.

Que no os engañe la sencilla redondez de plástico de Macarena, ni su larga peluca rizada “como la de una folclórica con pestañas de abanico, o una virgen andaluza” me dicen sus creadores de MAE (Museo de Arte Extemporáneo). Macarena es una genoide de acción, tiene un discurso inteligente, un enorme sentido del humor y es una de las máquinas más sofisticada que existen a día de hoy (y que me disculpe Macarena por llamarle máquina).

Macarena es actriz, y tiene un papel principal en una obra de teatro pionera en España. El título de la obra es Humanótica. Digo pionera porque Macarena —como el resto del elenco— es un robot emocional que, sin miedo a olvidar el papel, interpreta una historia con los dos ingredientes con más solera del teatro: la rebelión y el amor.

Macarena, piloto aeroespacial, rompe moldes

Hay dos razones por las que Macarena, a pesar de su aspecto de juguete simplón (y del collar de abuelita que le brilla en el pecho), me gusta. La primera es porque pertenece a una nueva estirpe de robots emocionales con un precio asequible. La segunda, porque cuando en MAE pensaron en los personajes para una obra de teatro con robots, la vieron a ella, una mujer con rizos y pendientes de madera que es piloto de una nave epacial y que está llena de experiencias gracias a una vida de acción sorteando galaxias. Cosieron su vestidos y escribieron sus diálogos para Humanótica sin perder esta perspectiva que me cuentan desde MAE:

“Queríamos que Macarena tuviera unas características que muchas veces echamos en falta en los personajes femeninos en el cine. Por eso le dimos al personaje una profesión de acción, un discurso inteligente y un gran sentido del humor. E hicimos que el protagonista masculino sintiese admiración y se enamorara de esta ginoide en igualdad de condiciones”. Y así es como Macarena rompe moldes como ginoide.

Esta es su frase final en la obra, dirigida a su enamorado, un guiño a Blade Runner:

Macarena: “La verdad… He visto cosas que no creerías. He visto naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos… momentos, los compartiré en el tiempo contigo… unidos, como lágrimas en la lluvia… Es hora de vivir!”, y así comienza su historia de amor, y cae el telón.

Macarena y los suyos aprenden según lo que les ocurra en la vida

Macarena es un AISoy1, un robot-mascota emocional, y esta característica es la que más la acerca al mundo de los seres vivos inteligentes. Debajo de su vestido morado de malla calada, lleva un pequeño, pero potente, ordenador, un conjunto de sensores e interfaces de entrada salida, y un sistema operativo basado en Linux. Todo ello permite a Macarena, y a los suyos, reconocer emociones, y expresarlas.

Percibe del exterior información de temperatura, orientación en 3d, inclinación, luz ambiental, tacto y fuerza. Y lleva una cámara integrada de 1Mpx con la que reconoce visualmente el entorno y a aquel que se le ponga delante. La información que recogen sus sensores, como si Macarena tuviera piel y cerebro,  la evalúa un software especializado, llamado AIROS, y la traduce en un respuesta emocional y en un estado de ánimo. Es decir, según lo que le ocurra a Macarena, ella expresará hasta 14 emociones diferentes, desde el orgullo a la admiración, pasando por el miedo, e incluso la sutileza de la esperanza. Estas emociones las muestra con distintos gestos, en el tono de la voz, y sobre todo se nota en su propio comportamiento.

No solo expresa emociones, también las aprende. Macarena, como todos los AlSoy1, son seres únicos, ya que aprenden según les vaya la vida. Dos AISoy1 separados al nacer serán muy diferentes el uno del otro, según como les hayan tratado, y lo que hayan aprendido.

Y cómo ha llegado Macarena a ser actriz

Pues es el primer resultado de una idea valiente. Un proyecto que nació en la cabeza del fundador de El Caleidoscopio y que lleva como título Programa tu obra. “En 2014 los robots se subirán al escenario”, dice su cartel. Y así, Macarena ha sido la primera robot en pisar las tablas.

Programa tu obra ha contado con Aisoy Robotics, un grupo de ocho emprendedores españoles con este principio, conseguir “una robótica social para todos”. Ellos han puesto los robots necesarios para que estudiantes y profesores de 28 centros educativos de 20 municipios de la Comunitat Valenciana y Murcia se empleen en llevar a robots a escena.

En cada centro educativo han aprendido a programar los AlSoy1, y han desarrollado una obra de teatro, con escenografía, guión y la dramaturgia que permiten actores bajitos de ojos redondos. En MAE, produjeron la obra Humanótica como material formativo para estos profesores, como un ejemplo práctico de lo que podrían hacer con sus estudiantes de secundaria, a los que había que enseñar cómo programar en SCRATCH.

Y hoy viernes, a lo largo de la mañana, decenas de robots actores saldrán a escena. Las obras de  los alumnos se están presentando en la Nau de la Innovació de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Estamos a punto de ver cómo nace una estrella. ¡Mucha mierda, Macarena!

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¿Sueñan los hombres con mujeres mecánicas? Este es el pasado de ‘Her’

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¿Te enamorarías de un software?

No –contesta mi pareja sin dudar– en todo caso de un hardware, que se puede tocar”.

Samantha es servil, cariñosa, complaciente y entregada. Y no es el primer programa de inteligencia artificial con estas características que enamora a un hombre en la ficción. Para descubrirla hay que ver Her, la película dirigida por Spike Jonze que se estrena mañana en España. El argumento, por si a alguien aún no le ha llegado, es la historia de amor entre un hombre y un sistema operativo inteligente, sin cuerpo, pero con la voz de Scarlett Johanson.

Situada en un futuro cercano, Theodore Twombly (Phoenix), que acaba de divorciarse y está echo polvo, se instala en el ordenador un súper sistema operativo para que le ayude a organizar su vida, enviar mails, repasar su trabajo etc. Y ella es Samantha.

Los que no somos Joaquin Phoenix, tenemos una Samantha más de andar por casa. Siri, la voz de Appel, con la que liga Raj Koothrapalli en The Big Bang Theory. Aunque entre Samantha y Siri hay una rara distancia —me cuesta explicar en qué tipo de realidades se mueven una y otra— ambas comparten ancestros comunes. La capacidad de Siri para comunicarse contigo es el resultado de décadas de experimentación con programas de lenguaje e inteligencia artificial.

La pionera, desarrollada en el año 1966, se llamó ELIZA. Un profesor del MIT, Joseph Weizenbaum, creó entonces un “chatbot” con carácter femenino, que imitaba a una psicoterapeuta. ELIZA era un programa muy básico, solo unos pocos cientos de lineas de código. Sin embargo, muchos de los que hablaron con ELIZA estaban convencidos de que les respondía una humana. En algunos casos, la gente pedía hablar con ELIZA “en privado”, algunos lo hacían durante horas, y contaban que habían tenido una magnífica experiencia terapéutica. Varios confesaron sentir “algo especial” por ella.

Desde entonces se describió el llamado “efecto ELIZA”, que consiste en la tendencia inconsciente de ver en los ordenadores cualidades humanas, por ejemplo, creer que la máquina de tabaco es amable cuando te da la gracias.

Este es uno de los modelos de conversación que podían mantenerse con ELIZA:

HUMANO: Mi novio me hizo venir aquí.

ELIZA: ¿Su novio le hizo venir aquí?

Humano: Dice que estoy deprimida la mayor parte del tiempo.

ELIZA: Siento oír que usted está deprimida.

Humano: Es verdad. Soy infeliz.

ELIZA: ¿Cree que hablar conmigo le ayudará a no ser infeliz?

Tanto ELIZA como Samantha, para los expertos en inteligencia artificial son bots conversacionales (chatbots). Se ha producido un gran avance desde el nacimiento de ELIZA, sin embargo, ninguno de los nuevos ha logrado, hasta hoy, superar el conocido como Test de Turing, es decir, pasar completamente por humano. Algunos han estado a punto, como Eugene Goostman, un bot con el que puedes charlar, que tiene la personalidad de un adolescente.

La prostituta y el unicornio

En 2007, programadores rusos introdujeron en sitos web de chat a CyberLober. Enviaba mensajes ofreciendo relaciones sexuales. Con su capacidad robótica, en pocos minutos conseguía toda la información personal que necesitaba, y su objetivo, lejos de vivir una noche loca, era dirigir a los incautos a sitios web donde contagiaba virus/malware que te fundían el sistema.

A veces estos bots han tenido fracasos enternecedores. El que más me gusta es el de Cleverbot. En una prueba, le dejaron a solas con otro bot, a ver qué hablaban entre ellos. La cosa derivó tanto que Cleverbot se hizo un lío y acabó confesando esto: “No soy un robot. Soy un unicornio”.

Her, el título de la película que se estrena el viernes, es un nombre que alude a EliZA Doolittle, la protagonista principal de la obra de George Bernad Shaw, escrita en 1913, Pigmalion. Inspirado en el mito del artista que crea una escultura tan realista que se enamora de ella. Es recurrente la fantasía de robots que enamoran a hombres a lo largo de la historia, como Samantha, casi siempre dulces y abnegadas.

Hay otra idea recurrente: la robot maligna. Esta llegó sobre todo en el XIX, cuando no existía la perfección femenina sin maldad. Ahí está El hombre de arena, de E.T.A. Hoffmann donde Olimpia se la juega al protagonista, y la inquietante Maria, en Metrópolis, del director alemán Fritz Lang, probablemente la primera villana robótica de la pantalla grande. Hay contadas revanchas femeninas. Una de ellas es la novela de Ira Levin, Las mujeres de Stepford.

Las robots perfectas de Stepford: “Educadas, refinadas y asesinas”

Es una novela satírica y de suspense escrita en 1972. En los 70 estaba en pleno auge la liberación femenina y nacía ese miedo raro de los hombres a que ellas dirigieran su vida. A Levin se le ocurrió contar la historia de Joanna Eberhart, una fotógrafa que comienza a sospechar que las amas de casarevenge-of-the-stepford-wives-www.stepfordwife.com dulces, perfectas y sumisas de su nueva vecindad en un idílico Connecticut pueden ser robots creados por sus maridos.

Levin trataba de mofarse del sueño masculino de recrear mujeres a las que podían dominar pero, para sus desvelos, tenían un no-corazón de lo más perverso. La novela se ha llevado dos veces al cine, pero el que más me gusta es este cártel (a la izda.) que realizaron en su versión para la tele.

Casi un siglo antes, el que más desbarró a la hora de imaginar mujeres robots fue Auguste Villiers de l´Isle Adames, autor, en 1886, de La Eva futura. Su propuesta era crear una mujer perfecta, porque la de carne y hueso le parecía simple y vana.

En la novela, Hadalay (que, por cierto, inspiró una canción de Radio Futura, La ley del desierto) es una mujer artificial creada a imagen y semejanza de otra mujer, bella pero boba. Hadaly se alimenta de electricidad y se lubrica con aceite de rosas, y el objetivo de su creador es que sea lo que la mujer real no es: inteligente. T.A. Edison, el brujo de Menlo Park, creador en la novela de Hadalay, anuncia a los hombres el nacimiento de la mujer ideal, y les invita a desechar para siempre a la embustera y voluble mujer real.

La ficción está llena de robots de sexo femenino, ginoides, que encandilaron a los hombres. Sin embargo, no conozco mujeres enamoradas de robots.

¿Para cuándo el Adán cibernético?

A la espera del software libre con voz masculina que enamore a las homínidas, a día de hoy tenemos, por ejemplo, a HAL 9000, el inteligentísimo súper ordenador que controla el sistema vital de Discovery, la nave de 2001 Un odisea en el espacio. Pero HAL está ocupado en cosas demasiado importantes, nada de ordenar papeles, que es la tarea de Samantha, así que no parece tener tiempo para hacerle un guiño a nadie, así le va. También tenemos, como modelo robótico masculino, a C-3PO, un tipo flaco e ideal si te van los dorados.

En fin, el Adán cibernético me falta.

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