Archivo del Autor: Lorena Sánchez

La robot más avanzada del mundo tiene patas de gallo

 

Fotografía de portada de la revista británia Stylist.

Nunca un robot había sido portada de una revista femenina de las que abanderan el glamour. Sophia lo ha sido dos veces. Primero fue portada de la revista Elle en su edición brasileña, y recientemente de la revista británica Stylist.

Por eso la ginoide más famosa del mundo tiene aquí los labios pintados de rojo borgoña, y una peluca rubia como la de Laura Dern en Twin Picks. Para la producción de fotos, la ha vestido PH5, una firma de ropa neoyorkina ultra cool que hace con lana de oveja ropa de vanguardia. Con todo esto Sophia luce arregladita, como para ir de boda, en el escaparate de las beautys

Para quien aún no la conozca, a Sophia la presentaron al mundo hace un par de años como la nueva creación de un ingeniero de Texas,  con “fábrica” en China, que ostenta el título de haber creado los robots más empáticos del mundo. Sophia es, hoy, lo más que se puede pedir de un robot.

Imita 60 expresiones humanas: hace “pucheros”, guiña el ojo, pestañea, frunce el ceño… Su piel, de un material creado en exclusiva para ella, se parece más a la de los animales vivos que a la de las muñecas. Su cerebro es un software de IA avanzando y en la pasada edición del CES (Consumer Electronic Show), estrenó piernas. Así que ahora puede caminar, muy despacito, pero camina sola.

Además de todo esto, la diva habla. No es una gran conversación. Por lo que he visto Siri, Alexa o Cortana tienen mucha más gracia que ella haciendo bromas, y son más ágiles si les preguntas por tu destino.

Ha sido diseñada por Hanson Robotic, para aprender y adaptarse al comportamiento humano

Sin embargo Sophia ha sido noticia mundial en dos ocasiones. En marzo del 2016 a su creador se le ocurrió preguntarle en público si destruiría a los humanos. La ginoide no pestañeó. “Está bien, destruiré a los humanos” dijo sin hacer una mueca. Pero amenazó con aniquilarnos con tan pocas ganas que no la creyó nadie.    

A pesar de su manifiesta intención genocida, acaba de convertirse en el primer robot de la historia en recibir la ciudadanía de un país, Arabia Saudí. Esto no va mucho más allá del marketing, pero lo cierto es que ha contribuido a que se hable de los derechos de las mujeres en el país islámico, y de la paradoja de que una androide pueda aparecer en público sin un hombre que guarde su espalda, y sin velo que cubra su rostro. “¿Puede un robot tener más derechos que una mujer?” Se preguntaban en redes sociales.

¿Y realmente podrán confundirse algún día con los humanos?

A pesar de sus grandes éxitos, lo cierto es que Sophia decepciona. La escucho en las entrevistas que le hacen en todas las televisiones del mundo y no es tan lista como se espera de lo último en Inteligencia Artificial. Repite varias veces la misma respuesta, tarda tanto en guiñar el ojo que a una se le olvida que está bromeando, y ni baila, ni conduce, ni gana al ajedrez…  Ni siquiera da miedo. Si hasta aquí es donde ha llegado la robótica y la IA en más de un siglo de desarrollo, tendremos que seguir haciendo Ciencia Ficción para que los robots realmente sean extraordinarios. Sophia, ni vestida de PH5, parece humana, ni mucho menos, lista.

Pero ocurre algo antes de pasar página, cuando miro despacio el primer plano de Sophia en la portada de Stylist. En un pequeño detalle, descubro que Sophia tiene diminutas patas de gallo. A la ginoide más avanzada del mundo le vendría bien crema hidratante. Así ha sido como en un surco incipiente bajo sus ojos, ha nacido un adorable destello de humanidad. ¡Qué cosas! Las patas de gallo de Sophia son como las mías. Bueno, las mías ya no son incipientes 🙂 Dicen que salen de reír mucho.

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El hombre que inventó las compresas baratas revoluciona Bollywood

El actor Akshay Kumar, que ha protagonizado 37 pelis en Bollywood, interpreta el papel de Arunachalam Muruganantham

Bollywood produce películas a granel (1.200 al año) con más colorido que un puesto de saris. Son producciones simplonas, musicales, de picaruelos coquetos (que diría mi madre), donde no hay sexo, ni drogas, ni malos rollos. Así que PadMan, la película que se estrena el 26 de enero, es una rareza argumental. Trata sobre el caso real de un hombre que investigó cómo hacer compresas baratas. El trailer ya lo han visto 20 millones de personas.

El protagonista, Akshay Kumar, es el actor que más dinero da a Bollywood en estos días. Y Kumar, que tiene más fans que George Clooney, ha aceptado interpretar el papel de Arunachalam Muruganantham, un activista social abanderado de una de las luchas por la mujer más llamativas de las que he oído en los últimos tiempos.

Muruganantham perdió a su esposa, a su madre y le echaron del pueblo por enfrascarse en la ignominiosa tarea de fabricar compresas baratas, muy baratas, lo suficientemente baratas para que pudieran usarlas las mujeres de las aldeas más humildes de la India.

Muruganantham conoció esta cotidiana situación cuando vio a su mujer esconder algo de lo que se avergonzaba. Supo de la existencia de la regla por primera vez en ese momento, ya casado. No hay encuestas para saber a cuántos hombres les ocurre esto, pero apostaría a que la cifra es alta. Shanthi, su mujer, le hablo de la existencia de compresas, y señaló que si las usaran las mujeres de la familia, no quedaría dinero para comprar leche.

Muruganantham fue al mercado y compró compresas. Las pesó y se preguntó por qué 10 gramos de algodón, que costaban 10 paisa, se vendían a 4 rupias: 40 veces más caras.

Y decidió fabricar compresas que las mujeres de su pueblo pudieran pagar. Entonces no sabía que, además, estaba buscando solución a uno de los grandes problemas sanitarios invisibles en la mujer: las enfermedades ginecológicas e infecciones derivadas del uso como compresa de harapos, hojas, hierbas, periódicos, trozos de relleno de colchón e incluso barro.

Muruganntham necesitaba sangre para hacer pruebas. En una entrevista a la BBC en India, explicaba que se la suministraba un amigo carnicero, y que otro conocido le proporcionaba un anticoagualante que la mantenía licuada. Un balón de fútbol agujereado hacía las funciones de útero, y, a partir de ahí, hizo mil y una pruebas con distintas opciones en algodón. Pero nada servía. Seguía sin dar con el producto que buscaba. En este periodo fue cuando le abandonó su mujer, su madre, y en el pueblo le tildaron de loco.

Estuvo dos años probando sin éxito. No lograba saber de qué están hechas las compresas comerciales. Hasta que se hizo pasar por dueño de un telar y consiguió que le enviaran muestras de la materia prima. Para su asombro, recibió en casa tablones de celulosa, directamente de la corteza del árbol.

La capacidad de absorción de la celulosa lo mejoraba todo. Después consiguió fabricar una máquina simple, casi como un utensilio de cocina, para triturarla a muy bajo coste.

En 18 meses fabricó 250 máquinas que llevó a los estados más pobres y poco desarrollados en el norte de India, los llamados BIMARU o “estados enfermos” de Bihar, Madhya Pradesh, Rajastán y Uttar Pradesh. Desde entonces  son mujeres quienes se encargar de fabricarlas, y cuestan menos de un tercio del precio al que la venden las marcas comerciales.

Ahora le toca a Bollywood ponerle música. No me imagino a Muruganntham en la vida real bailando, pero si tiene que hacerlo para que esta historia se extienda por el mundo, que baile lo que haga falta.

Una imagen reciente de Mr. Arunachalam Muruganantham discutiendo sobre las claves de la innovación, con Bill Gates y Ms. Sue Desmond-Hellmann de la Bill & Melinda Gates Foundation

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¿Qué vio la reina cuando desnudó al gigante vasco?

 

-“Su Majestad…. Si a Vuestra Alteza le gustara nuestro espectáculo…”

La reina es Isabel II. El espectáculo ante ella es el gigante vasco Joaquín de Eleizegui. Se trata de un gigante muy gigante. Colosal. De gigantes manos, boca gigante, portentosas columnas para soportar tanto hombre… La reina, sin embargo, es menuda, poco más que adolescente, y maneja con destreza de soberana la curiosidad y el poder.

La escena pertenece a la película Handia. Premio Especial del Jurado en el Festival de cine de San Sebastián. Una película con ingredientes de cuento fantástico y un melancólico y atormentado gigante, que fue real, como protagonista.

Isabel II de España es, ya saben, aquella a quien el Papa Pío IX llamó “Puta, pero piadosa”, razón (la segunda) por la que el Sumo Pontífice decidió entregarle la exclusivísima Rosa de Oro, valorando la fidelidad terrenal de su corona por encima de los dimes y diretes que condenaban la moral de la reina. Isabel II tuvo, como otras grandes de la historia, una variada colección de amantes, y, en sus noches, un marido con pijama de encaje poco dispuesto a quitárselo.

Este es el gigante de Handia, interpretado por Eneko Sagardoy.

Con todo esto, la escena del gigante y la reina pudo ocurrir tal y como lo narran en Handia. Por qué no. En 1853,  Joaquín de Eleizegui envió una carta a Isabel II pidiéndole “a su benigno corazón” que le perdonase la tributación del 10% de sus ganancias, argumentando que un gigante así ha de comer muchísimo (daba cuenta, por ejemplo, de 23 libros diarios de sidra). Ante aquella petición, hubo cita en la Corte. Para solicitar el favor real, Joaquin se mostró ante la reina “frescachona” tal y como se exhibía por el mundo, como atracción de circo, pero vestido de hombre de bien.

La escena es muy breve, pero encantadora, interpretada por Naima Barroso con deliciosa humanidad.

Llegado el momento del encuentro, la reina observa al atribulado coloso ante ella. “¿Es retrasado?”, pregunta, porque no le entiende cuando habla. “No. Es vasco”, recibe como respuesta. Segundos después, plena de derechos, la reina se levanta y, porque es reina, da rienda suelta a la frescura que la curiosidad merece:

– “Que se desnude”, pide la reina.

Tras sus palabras, impera la incredulidad en la sala. Pero la reina insiste en querer aclarar esta duda razonable: ¿es todo gigante en un gigante?

-“Que se desnude”, solicita de nuevo Isabel.

Del  Gigante de Altzo las crónicas recogen casi todas sus medidas: 230 cm de estatura y 203 kilos de peso (quince arrobas). La silla en la que se sentaba, 64 centímetros de alto; sus abarcas 42 centímetros de largo, y sus guantes 33. Se conoce, incluso,  la circunferencia de su txapela,   62 centímetros según aseguran los milimétricos cronistas. Sin embargo, sobre otras partes de interés,  nadie tomó medidas. Habría que indagar en los ojos de la reina, porque cuando en la pantalla de cine el gigante se desnuda, la cámara rueda desde atrás.

Y así, ¿qué vio la reina? 🙂

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